El jugador
El jugador Aquella tarde, en su casa elevada sobre el lago, contemplaba el reflejo de las estrellas en las aguas oscuras. Se escuchaban risas lejanas desde una fiesta que no había querido atender. El silencio lo envolvía, pero no era un silencio sereno; era un eco, una constante repetición de la nada.
—Gurgeh, no puedes pasar toda tu vida encerrado en tu mente —le decía Yay Meristinoux, una joven que intentaba sacarlo de su monotonía. Ella se sentaba frente a él, en el sofá más cómodo de la sala, con una copa en la mano. —Quizá no toda mi vida, pero sí este día —replicó él, con una sonrisa cansada. —¿Cuándo fue la última vez que algo te emocionó de verdad? —insistió Yay.
Gurgeh miró hacia el tablero de un juego abandonado sobre la mesa. La respuesta era obvia: hacía años que no encontraba un verdadero desafío. Cada partida ganada, cada oponente derrotado, solo reforzaba la monotonía de su vida.