Casa de Muñecas
Casa de Muñecas Ya la está oyendo, señora. Ha bailado la tarantela… con un éxito clamoroso… de sobras merecido… aunque a decir verdad quizá hubiera en la ejecución un exceso de naturalidad; quiero decir… algo más de lo que, en propiedad, exige el arte. ¡Pero dejémoslo! Lo importante es… que haya tenido éxito; un éxito de locura. ¿Iba a dejar que continuara allí después? ¿Debilitar la impresión? Por supuesto que no; cogí del brazo a mi preciosa muchachita de Capri… mi obstinada muchachita de Capri, diría yo… una rápida vuelta por la sala; una inclinación a un lado y a otro y… como dicen en las novelas… la hermosa aparición se desvanece. Los finales deben causar siempre efecto, señora Linde; pero esto no hay forma de metérselo a Nora en la cabeza. Uf, qué calor hace aquí. (Arroja el dominó sobre una silla y abre la puerta de su despacho.) Qué oscuro está. Ah, sí, naturalmente. Con permiso… (Entra y enciende un par de bujías.)
NORA (En voz baja, rápida y jadeante.)
¿Qué?
SEÑORA LINDE (Bajo.)
He hablado con él.
NORA
¿Entonces…?
SEÑORA LINDE
Nora… debes decírselo todo a tu marido.
NORA (Sordamente.)