El hombre mediocre
El hombre mediocre Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son la espuma inocente de su tonterÃa. Incapaces de espolear su propia cabeza, renuncian a cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad que en llegar a ella».
Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales a sus preocupaciones, sin advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón, opiniones sin juicio. Representan el sentido común desbocado, sin el freno del buen sentido.
Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de ideales impÃdeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la vida.
Satúrales esa humana tonterÃa que obsesionaba a Flaubert insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y Gournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del boticario librepensador o la casuÃstica untuosa del eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser tonto, egoÃsta, y tener una buena salud, he ahà las tres condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».