El hombre mediocre
El hombre mediocre Si la humanidad hubiera contado solamente con los rutinarios, nuestros conocimientos no excederÃan de los que tuvo el ancestral hominidio. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos. El ignorante no es curioso; nunca interroga a la naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está siempre allÃ, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo.
DirÃan que está allà porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el hombre de buen sentido, que cometa la incorrección de oponerse al sentido común, es decir, un original o un genio —que en esto se homologan—, puede formular la pregunta sacrÃlega: ¿por qué la luna está allà y no cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, .un audaz a quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario habrÃa descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.