El hombre mediocre
El hombre mediocre El temor de comprometerse les lleva a simpatizar con un precavido escepticismo. Bueno es desconfiar del hipócrita que elogia todo y del frasacado que todo lo encuentra detestable; pero es cien veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno y execrar lo miserable. En el primer capítulo de los Caracteres parece referirse a ellos, La Bruyére, en un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar a sentir la belleza de un manuscrito que se les lee, pero no osan declarar en su favor hasta que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la obra y cacarean que el público es de su opinión». Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran obligados a dudar de los jóvenes; ello no les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. Entonces prodíganles juramentos de esclavitud que llaman palabras de estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección a toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usuario sobre la gloria segura: prefieren tenerla propicia a sentirla hostil.