El hombre mediocre
El hombre mediocre El hábito de la ficción desmorona a los caracteres hipócritas, vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el precipicio; nada detiene a una avalancha en la pendiente. Su vida se polariza en esa abyecta honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias lleva a desdeñar la realidad.
El hipócrita no aspira a ser virtuoso, sino a parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle. Faltándole la osadía de practicar el mal, a que está inclinado, conténtase con sugerir que oculta sus virtudes por modestia; pero jamás consigue usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos asoman por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce a desconfiar de las virtudes misteriosas. Ya enseñaba Horacio que «la virtud oculta difiere poco de la oscura holgazanería» (Od. IV, 9, 29).