El hombre mediocre
El hombre mediocre Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse.
Stendhal reducÃa la honestidad a una simple forma de miedo; conviene agregar que no es un miedo al mal en sà mismo, sino a la reprobación de los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos para todo acto que no tenga sanción expresa o pueda permanecer ignorado. «J’ai vu le fond de ce qu’on appelle les honnétes gens: c’est hideux», decÃa Talleyrand, preguntándose qué serÃa de tales sujetos si el interés o la pasión entraran en juego. Su temor del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen. Son simples be neficiarios de la mediocridad moral que les rodea. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan vÃrgenes, pero no redimen caÃdas; no conspiran contra la sociedad, pero no cooperan al común engrandecimiento.