El hombre mediocre
El hombre mediocre Cualquier promiscuador de palabras enfestará contra el que escriba pensamientos duraderos. Las mujeres feas demostrarán que la belleza es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata; vengarán su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harÃan viltroteras para ofrecer la propia a los transeúntes. Y los demás, todos en coro, repetirán que el genio, la santidad y el heroÃsmo son aberraciones, locuras, epilepsia, degeneración negarán la excelencia del ingenio, la virtud y la dignidad; pondrán esos valores por debajo de su propia penumbra, sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si a éste le dieran a elegir entre Shakespeare o Sarcey, no vacilarÃa un minuto: murmurarÃa del primero con la firma del segundo.
Los espÃritus rutinarios son rebeldes a la admiración: no reconocen el fuego de los astros porque nunca han tenido en sà una chispa.
Jamás se entregan de buena fe a los ideales o a las pasiones que le toman del corazón; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del placer de admirarlos. Confundirán siempre lo equÃvoco y lo erÃstalino, rebajando todo ideal hasta las bajas intenciones que supuran en sus cerebros. Desmenuzarán todo lo bello, olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en áureas espigas. frente al sol.