El hombre mediocre
El hombre mediocre Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa del ahorro ha envilecido a generaciones y pueblos enteros; hay graves peligros en predicarla, pues, como enseñó Maquiavelo, «más daña a los pueblos la avaricia de sus ciudadanos que la rapacidad de sus enemigos».
Esa pasión de coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra a la fe, al amor, a la esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo a oscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse a lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es más miserable cuanto más tiene: para soterrar talegas que no disfruta, renuncia a la dignidad o al bienestar; ese afán de perseguir lo que no gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.
La avaricia como pasión envilecedora, iguala a la envidia. Es la pústula moral de los corazones envejecidos.