El hombre mediocre
El hombre mediocre Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas y tantos idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas. Debe rehusarse el monopolio de los ideales y cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistema de moral, credos de religión, fanatismo de secta o dogma de estética.
El «idealismo» no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearÃan oponerlo al «materialismo», llamando asÃ, despectivamente, a todas las demás; ese equÃvoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias —tenidas justamente como hontanares de Verdad y de Libertad—, se duplica al sugerir que la materia es la antÃtesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y a ésta con el espÃritu, como entidad trascendente y ajena al mundo real. Se trata, visiblemente, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios, que transportan a las doctrinas filosóficas el sentido que tienen los vocablos idealismo y materialismo en el orden moral. El anhelo de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual Ãmpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al estoico y al pragmatista.
El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los demás.