El hombre mediocre
El hombre mediocre Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver argentino. Fue la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte de la cultura continental; fue la segunda al cegarse en Ameghino las fuentes más hondas de la ciencia nuestra. Pocas tumbas, como las suyas, han visto florecer y entrelazarse a un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus vidas se hubieran encendido lámparas votivas consagradas a la glorificación eterna de su genio.
Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura de este continente sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol y sembrador; ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le sucedieron en el Gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino; será imposible no advertir la huella de sus pasos y quien lo olvide renunciará a conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él.
Sarmiento fue el genio pragmático. Ameghino fue el genio revelador.