El hombre mediocre
El hombre mediocre Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra; tenía que ser en nuestro siglo, porque le habría faltado el asidero de las doctrinas evolucionistas que sirven de fundamento; no podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no fue propicio a ello hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento y tenía que ser Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro reunía en tal alto grado su aptitud para la observación y la hipótesis, su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas las vanidades que hacen del hombre un funcionamiento, pero matan al pensador?
Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad. Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente, el genio las domina: antes o después, pero en dominarlas radica la realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre, son su estímulo; crece a la sombra de la envidia ajena. La sociedad puede conspirar contra él, acumulando en su contra la detracción y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, dionisiacamente seguro. El genio, por su definición, no fracasa nunca.
El que ha creado no es genio, no llegó a serlo, fue una ilusión disipada.