El hombre mediocre
El hombre mediocre Pocos soñadores encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren a la genialidad. Los más resultan exóticos e inoportunos; los sucesos cuyo determinismo no pueden modificar, esteriliza sus esfuerzos. De ahí cierta aquiescencia a las cosas que no dependen del propio mérito, la tolerancia de toda indesvariable fatalidad. Al sentir la coerción exterior no se rebajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí mismos para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito.
Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren a los omisos que se dejan opacar por el limo, a los que persiguen esos encumbramientos falaces reñidos con el mérito y con la justicia.
El idealista estoico mantiénese hostil a su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeñosa o renunciamiento altivo, sin compromisos.