El hombre mediocre
El hombre mediocre Delicado y penetrante, su estoicismo fue más propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre perversos e ingratos que la circuían, enseñó a dar sus racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros en la vendimia futura. Los idealistas estoicos son hombres de su estirpe: diríase que ignoran el bien que hacen a sus propios enemigos. Cuando arrecia el encanallamiento de los domesticados, cuando más sofocante tórnase el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo a amarlos, se ennoblece. Frente a las burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material —ignorando que su mayor miseria es la falta de cultura—, ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio, de la santidad y del heroísmo, ellos concurren a restituirlas, mediante la sugestión de ideales, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
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