El hombre mediocre

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Sea como sea, en Ingenieros adolescente estaban ya —perdónese el truísmo— los gérmenes del Ingenieros de la edad madura. Pero, mirándolo después del hecho —con el ingenio de la escalera, como el llaman los franceses— hay que convenir en que, para un psicólogo, esos gérmenes eran en él más visibles y bien caracterizados que en cualquier otro joven de su edad. Por eso desconcertada a la gran mayoría, provocando en ella una vaga sensación que llamaré de desconfianza. Así, Ingenieros tuvo muchos camaradas en un principio, muchos discípulos más tarde, pero pocos amigos, si bien éstos se contaban entre los mejores.

Esa «camaradería» encontraba su más poderoso incentivo en el constante buen humor y en la chispeante conversación de aquel diablo de muchacho que parecía un haz de nervios y que siempre estaba dispuesto a ponerse en acción, para las grandes y para las pequeñas cosas, para la broma y para el trabajo, pero sin dar nunca «demasiado por un pito», y prefiriendo siempre el dicho o el acto paradógico a los dichos y los actos vulgares. Hasta afectaba no dar importancia alguna a las obras que mayor esfuerzo le habían merecido. Recuerdo que una tarde, en su estudio de la calle Cuyo 1131, como le felicitara yo por su recién aparecida Simulación de la locura, me dijo, señalando con ademán despreocupado los libros de su bien poblada biblioteca:

—¡Bah! Eso se hace con esto.


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