Viaje alucinante
Viaje alucinante El científico abre los ojos. Confuso, con voz ronca, apenas alcanza a preguntar:
—¿Qué ha pasado?
—Sobrevivió, profesor —dice Cora, sonriendo por primera vez.
Horas después, los informes fluyen como torrentes. El sabotaje existió. Michaels, bajo presión, confiesa: no era un espía, pero sí un científico que dudaba del éxito de la misión y quiso evitar lo que consideraba una violación ética. No fue odio. Fue miedo.
Grant lo observa desde una sala contigua. No siente odio. Solo cansancio.
—¿Volverías a hacerlo? —le pregunta Cora.
Grant no responde. Se limita a mirar su reflejo en el vidrio. El hombre que entró en ese cuerpo como un agente, salió como algo más. No un héroe. Tal vez un testigo. De lo que significa jugar con los límites de la ciencia. De lo que se arriesga cuando el enemigo es tan microscópico como uno mismo.
Benes será estudiado. Protegido. Su mente contiene el secreto más importante del mundo. Pero el viaje que cambió todo no dejó documentos. Ni grabaciones. Solo cicatrices y memoria.