MarÃa
MarÃa Ya en el salón, mi padre, para retirarse, les besó la frente a sus hijas. Quiso mi madre que yo viera el cuarto que se me habÃa destinado. Mis hermanas y MarÃa, menos tÃmidas ya, querÃan observar qué efecto me causaba el esmero con que estaba adornado. El cuarto quedaba en el extremo del corredor del frente de la casa: su única ventana tenÃa por la parte de adentro la altura de una mesa cómoda; en aquel momento, estando abiertas las hojas y rejas, entraban por ella floridas ramas de rosales a acabar de engalanar la mesa, en donde un hermoso florero de porcelana azul contenÃa trabajosamente en su copa azucenas y lirios, claveles y campanillas moradas del rÃo. Las cortinas del lecho eran de gasa blanca atadas a las columnas con cintas anchas color de rosa; y cerca de la cabecera, por una fineza materna, estaba la Dolorosa pequeña que me habÃa servido para mis altares cuando era niño. Algunos mapas, asientos cómodos y un hermoso juego de baño completaban el ajuar.
—¡Qué bellas flores! —exclamé al ver todas las que del jardÃn y del florero cubrÃan la mesa.
—MarÃa recordaba cuánto te agradaban —observó mi madre.
Volvà los ojos para darle las gracias, y los suyos como que se esforzaban en soportar aquella vez mi mirada.
—MarÃa —dije— va a guardármelas, porque son nocivas en la pieza donde se duerme.