MarÃa
MarÃa —¿Es verdad? —respondió—; pues las repondré mañana.
¡Qué dulce era su acento!
—¿Tantas asà hay?
—MuchÃsimas; se repondrán todos los dÃas.
Después que mi madre me abrazó, Emma me tendió la mano, y MarÃa, abandonándome por un instante la suya, sonrió como en la infancia me sonreÃa: esa sonrisa hoyuelada era la de la niña de mis amores infantiles, sorprendida en el rostro de una virgen de Rafael.