MarÃa
MarÃa —¡Ay! no, ¡Dios mÃo! Yo lo he olvidado todo… ¿oyes bien?, ¡todo!
—Pero con una condición —añadió después de una corta pausa.
—La que quieras.
—El dÃa que yo haga o diga algo que te disguste, me lo dirás; y yo no volveré a hacerlo ni a decirlo. ¿No es muy fácil eso?
—¿Y yo no debo exigir de tu parte lo mismo?
—No, porque yo no puedo aconsejarte a ti, ni saber siempre si lo que pienso es lo mejor; además, tú sabes lo que voy a decirte, antes que te lo diga.
—¿Estás cierta, pues? ¿Vivirás convencida de que te quiero con toda mi alma? —le dije en voz baja y conmovida.
—SÃ, sà —respondió muy quedo; y casi tocándome los labios con una de sus manos para significarme que callara, dio algunos pasos hacia el salón.
—¿Qué vas a hacer? —le dije.
—¿No oyes que Juan me llama y llora porque no me encuentra?
Indecisa por un momento, en su sonrisa habÃa tal dulzura y tan amorosa languidez en su mirada, que ya habÃa ella desaparecido y aún la contemplaba yo extasiado.