MarÃa
MarÃa
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Llegó la hora de retirarnos, y temiendo yo que me hubiesen preparado cama en el mismo cuarto que a Carlos, me dirigà al mÃo: de él salÃan en ese momento mi madre y MarÃa.
—Yo podré dormir solo aquÃ, ¿no es verdad? —pregunté a la primera, quien comprendiendo el motivo de la pregunta, respondió:
—No; tu amigo.
—¡Ah! sÃ, las flores —dije viendo las de mi florero puestas en él por la mañana y que llevaba en un pañuelo MarÃa—. ¿Adónde las llevas?
—Al oratorio, porque como no ha habido tiempo hoy para poner otras allá…
Le agradecà sobremanera la fineza de no permitir que las flores destinadas por ella para mÃ, adornasen esa noche mi cuarto y estuviesen al alcance de otro.
Pero ella habÃa dejado el ramo de azucenas que yo habÃa traÃdo aquella tarde de la montaña, aunque estaba muy visible sobre mi mesa, y se las presenté diciéndole:
—Lleva también estas azucenas para el altar: Tránsito me las dio para ti, al recomendarme te avisara que te habÃa elegido para madrina de su matrimonio. Y como todos debemos rogar por su felicidad…
—SÃ, sà —me respondió—; ¿conque quiere que yo sea su madrina? —añadió como consultando a mi madre.
—Eso es muy natural —le dijo ésta.
—¡Y yo que tengo un traje tan lindo para que le sirva ese dÃa! Es necesario que le digas que yo me he puesto muy contenta al saber que nos… que me ha preferido para su madrina.
Mis hermanos, Felipe y el que le seguÃa, recibieron con sorpresa y placer la noticia de que yo pasarÃa la noche en el mismo cuarto que ellos. HabÃanse acomodado los dos en una de las camas para que me sirviera la de Felipe: en las cortinas de ésta habÃa prendido MarÃa el medallón de la Dolorosa, que estaba en las de mi cuarto.
Luego que los niños rezaron arrodilladitos en su cama, me dieron las buenas noches, y se durmieron después de haberse reÃdo de los miedos que mutuamente se metÃan con la cabeza del tigre.
Esa noche no solamente estaba conmigo la imagen de MarÃa: los ángeles de la casa dormÃan cerca de mÃ: al despuntar el Sol vendrÃa ella a buscarlos para besar sus mejillas y llevarlos a la fuente, donde les bañaba los rostros con sus manos blancas y perfumadas como las rosas de Castilla que ellos recogÃan para el altar y para ella.
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