MarÃa
MarÃa —CreÃa que lo que yo…
—Es cierto eso que vas a decir, eso que crees.
—¿Qué?
—Que a ti sà debiera oÃrte; pero, esta vez, no.
—¡Qué mal habrás pensado de mà en estos dÃas!
Ella leÃa, sin contestarme, los letreros de la cajilla.
—Nada te diré, pues; pero dime qué te has supuesto.
—¿Para qué ya?
—¿Es decir que no me permites tampoco disculparme para contigo?
—Lo que quisiera saber es por qué has hecho eso; sin embargo, me da miedo saberlo por lo mismo que para nada he dado motivo; y siempre pensé que tendrÃas alguno que yo no debÃa saber… Mas como parece que estás contento otra vez… yo también estoy contenta.
—Yo no merezco que seas tan buena como eres conmigo.
—Quizá seré yo quien no merezca…
—He sido injusto contigo, y si lo permitieras, te pedirÃa de rodillas que me perdonaras.
Sus ojos velados hacÃa rato lucieron con toda su belleza, y exclamó: