MarÃa
MarÃa Braulio era un mocetón de mi edad. HacÃa dos meses que habÃa venido de la Provincia11 para acompañar a su tÃo, y estaba locamente enamorado, de tiempo atrás, de su prima Tránsito.
La fisonomÃa del sobrino tenÃa toda la nobleza que hacÃa interesante la del anciano; pero lo más notable en ella era una linda boca, sin bozo aún, cuya sonrisa femenina contrastaba con la energÃa varonil de las otras facciones. Manso de carácter, apuesto, e infatigable en el trabajo, era un tesoro para José y el más adecuado marido para Tránsito.
La señora Luisa y las muchachas salieron a recibirme a la puerta de la cabaña, risueñas y afectuosas. Nuestro frecuente trato en los últimos meses habÃa hecho que las muchachas fuesen menos tÃmidas conmigo. José mismo, en nuestras cacerÃas, es decir, en el campo de batalla, ejercÃa sobre mà una autoridad paternal, todo lo cual desaparecÃa cuando se presentaba en casa, como si fuese un secreto nuestra amistad leal y sencilla.
—¡Al fin, al fin! —dijo la señora Luisa tomándome por el brazo para introducirme a la salita—. ¡Siete dÃas!… uno por uno los hemos contado.
Las muchachas me miraban sonriendo maliciosamente.
—Pero ¡Jesús!, qué pálido está —exclamó Luisa mirándome más de cerca—. Eso no está bueno asÃ; si viniera usted con frecuencia estarÃa tamaño de gordo.