MarÃa
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Impuesta mi madre de nuestro proyecto de caza, hizo que se nos sirviera temprano el almuerzo a Carlos, a Braulio y a mÃ.
No sin dificultad logré que el montañés se resolviera a sentarse a la mesa, de la cual ocupó la extremidad opuesta a la en que estábamos Carlos y yo.
Como era natural, hablamos de la partida que tenÃamos entre manos. Carlos decÃa:
—Braulio responde de que la carga de mi escopeta está perfectamente graduada; pero continúa ranchado en que no es tan buena como la tuya, a pesar de que son de una misma fábrica, y de haber disparado él mismo con la mÃa sobre una cidra, logrando introducirle cuatro postas. ¿No es asÃ, mi amigo? —terminó dirigiéndose al montañés.
—Yo respondo —contestó éste— de que el patrón matará a setenta pasos un pellar con esa escopeta.
—Pues veremos si yo mato un venado. ¿Cómo dispones la cacerÃa? —agregó dirigiéndose a mÃ.
—Eso es sabido; como se dispone siempre que se quiere hacer terminar la faena cerca de la casa: Braulio sube hasta el pie del derrumbo con sus perros de levante: Juan Angel queda apostado dentro de la quebrada de la Honda con dos de los cuatro perros que he mandado traer de Santa Elena; tu paje con los otros dos esperará en la orilla del rÃo para evitar que se nos escape el venado a la Novillera; tú y yo estaremos listos para acudir al punto que convenga.
El plan pareció bueno a Braulio, quien después de ensillarnos los caballos ayudado por Juan Angel, se puso en marcha con éste para desempeñar la parte que le tocaba en la batida.
El caballo retinto que yo montaba, golpeaba el empedrado cuando Ãbamos a salir ya, impaciente por lucir sus habilidades; arqueado el cuello fino y lustroso como el raso negro, sacudÃa sus crespas crines estornudando. Carlos iba caballero en un quiteño castaño coral que el general Flores habÃa enviado de regalo en esos meses a mi padre.
Recomendada al señor de M… la mayor atención, por si el venado venÃa al huerto como nos lo prometÃamos, salimos del patio para emprender el ascenso de la falda, cuyo plano inclinado terminaba a treinta cuadras hacia el oriente, al pie de las montañas.
Al pasar dando vuelta a la casa por frente a los balcones del departamento de Emma, MarÃa estaba apoyada en el barandaje de uno de ellos: parecÃa hallarse en uno de aquellos momentos de completa distracción a que con frecuencia se abandonaba. EloÃsa, que se hallaba a su lado, jugaba con los bucles destrenzados y espesos de la cabellera de su prima.
El ruido de nuestros caballos y los ladridos de los perros sacaron a MarÃa de su enajenamiento, a tiempo que yo la saludaba ?por señas y que Carlos me imitaba. Noté que ella permanecÃa en la misma posición y sitio hasta que nos internamos en la cañada de la Honda.
Mayo nos acompañó hasta el primer torrente que vadeamos; allà deteniéndose como a reflexionar, regresó a galope corto hacia la casa.
—Oye —le dije a Carlos, luego que se pasó una media hora, durante la cual le referà sin descansar los más importantes episodios de las cacerÃas de venados que los montañeses y yo habÃamos hecho—; oye: los gritos de Braulio y ese ladrido de los perros prueban que han levantado.
Las montañas los repetÃan; y si se acallaban por ratos, empezaban de nuevo con mayor fuerza y a menor distancia.
Poco después descendió Braulio por la orilla limpia del bosque de la cañada. No bien estuvo al lado de Juan Angel, soltó los dos perros que éste llevaba de cabestro y los detuvo por unos momentos asiéndolos del pestorejo, hasta que se persuadió que la presa estaba cerca del paso en que nos hallábamos: animólos con repetidos gritos, y desaparecieron veloces.
Carlos, Juan Angel y yo nos desplegamos en la falda. A poco vimos que empezaba a atravesarla, seguido de cerca por uno de los perros de José, el venado, que bajó por la cañada menos de lo que nos habÃamos supuesto.
A Juan Angel le blanqueaban los ojos y al reÃr dejaba ver hasta las muelas de su fina dentadura. Sin embargo, de haberle ordenado que permaneciera en la cañada, por si el venado volvÃa a ella, atravesó con Braulio, y casi a par de nuestros caballos, los pajonales y ramblas que nos separaban del rÃo. Al caer a la vega de éste el venado, los perros perdieron el rastro, y él subió en vez de bajar.
Carlos y yo echamos pie a tierra para poder ayudar a Braulio en el fondo de la vega.
Perdida más de una hora en idas y venidas, oÃmos al fin los ladridos de un perro, los cuales nos dieron esperanza de que se hubiera hallado de nuevo la pista. Pero Carlos juraba al salir de un bejucal en que se habÃa metido sin saber cómo ni cuándo, que el bruto de su negro habÃa dejado ir la pieza rÃo abajo.
Braulio, a quien habÃamos perdido de vista hacÃa rato, gritó con voz tal que a pesar de la distancia pudimos oÃrla:
—¡Allá va, allá va! Dejen uno con escopeta allÃÃÃ; sálganse a lo liiimpio, porque el venado se vuelve a la Hooonda.
Quedó el paje de Carlos en su puesto, y éste y yo fuimos a tomar nuestros caballos.
La pieza salÃa a ese tiempo de la vega, a gran distancia de los perros, y descendÃa hacia la casa.
—Apéate —grité a Carlos— espéralo sobre el cerco.
HÃzolo asÃ, y cuando el venado se esforzaba, fatigado ya, por brincar el vallado del huerto, disparó sobre él: el venado siguió; Carlos se quedó atónito.
Braulio llegó en ese momento, y yo salté del caballo, botándole las bridas a Juan Angel.
De la casa veÃan todo lo que estaba pasando. Don Jerónimo salvó, escopeta en mano, la baranda del corredor, y al ir a disparar sobre el animal, se enredó los pies dichosamente en las plantas de una era, lo cual iba haciéndolo caer a tiempo que mi padre le decÃa:
—¡Cuidado, cuidado! Mire usted que por ahà vienen todos.
Braulio siguió de cerca al venadito, evitando asà que los perros lo despedazasen.
El animal entró al corredor desatentado y tembloroso, y se acostó casi ahogado debajo de uno de los sofás, de donde lo sacaba Braulio cuando Carlos y yo llegábamos ya a buen paso. La partida habÃa sido divertida para mÃ; pero él procuraba en balde ocultar la impaciencia que le habÃa causado errar tan bello tiro.
Emma y MarÃa se aproximaron tÃmidamente a tocar el venadito, suplicando que no lo matásemos: él parecÃa entender que lo defendÃan, pues las miró con ojos húmedos y asombrados, bramando quedo, como acaso lo solÃa hacer para llamar a su madre. Quedó absuelto, y Braulio se encargó de atramojarlo y ponerlo en sitio conveniente.
Pasado todo, Mayo se acercó al prisionero, lo olió a la distancia que la prudencia exigÃa, y volviendo a tenderse en el salón, apoyó la cabeza sobre las manos con la mayor tranquilidad, sin que bastase tan exótica conducta a privarle de un cariño mÃo.
Poco después, al despedirse Braulio de mà para volver a la montaña, me dijo:
—Su amigo está furioso, y yo lo he puesto asà para vengarme de la chacota que hizo de mis perros esta mañana.
Yo le pedà me explicase lo que decÃa.
—Me supuse —continuó Braulio— que usted le cederÃa el mejor tiro, y por eso dejé la escopeta de don Carlos sin municiones cuando me la dio a cargar.
—Has hecho muy mal —le observé.
—No lo volveré a hacer, y menos con él, porque se me pone que no cazará más con nosotros… ¡Ah! La señorita MarÃa me ha dado mil recados para Tránsito: le agradezco tanto que esté gustosa de ser nuestra madrina… y no sé qué hacer para que lo sepa: usted debe decÃrselo.
—Lo haré asÃ; pierde cuidado.
—Adiós —dijo tendiéndome francamente la mano, sin dejar por eso de tocarse el ala del sombrero con la otra—; hasta el domingo.
Salió del patio llamando sus perros con el silbido agudo que producÃa en tales casos, oprimiendo con el Ãndice y el pulgar el labio inferior.
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