MarÃa
MarÃa —¿Y no sabe? Pues el doce de diciembre. ¿No le han dicho estos muchachos que quieren hacerlo su padrino?
—No, y la tardanza en darme tan buena noticia no se la perdono a Tránsito.
—Si yo le dije a Braulio que se lo dijera a usted, porque mi padre creÃa que era mejor asÃ.
—Yo agradezco tanto esa elección como no podéis figurároslo; mas es con la esperanza de que me hagáis muy pronto compadre.
Braulio miró de la manera más tierna a su preciosa novia, y avergonzada ésta, salió presurosa a disponer el almuerzo, llevándose de paso a LucÃa.
Mis comidas en casa de José no eran ya como la que describà en otra ocasión: yo hacÃa en ellas parte de la familia; y sin aparatos de mesa, salvo el único cubierto que se me destinaba siempre, recibÃa mi ración de frisoles, mazamorra, leche y gamuza de manos de la señora Luisa, sentado ni más ni menos que José y Braulio, en un banquillo de raÃz de guadua. No sin dificultad los acostumbré a tratarme asÃ.