MarÃa
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Hasta entonces habÃa conseguido que Carlos no me hiciera confidencia alguna sobre las pretensiones que en mala hora para él lo habÃan llevado a casa.
Mas luego que nos encontramos solos en mi cuarto, donde me llevó pretextando deseo de descansar y de que leyésemos algo, conocà que iba a ponerme en la difÃcil situación de la cual habÃa logrado escapar hasta allà a fuerza de maña. Se acostó en mi cama quejándose de calor; y como le dije que iba a mandar que nos trajeran algunas frutas, me observó que le causaban daño desde que habÃa sufrido intermitentes. Acerquéme al estante preguntándole qué deseaba que leyésemos.
—Hazme el favor de no leer nada —me contestó.
—¿Quieres que tomemos un baño en el rÃo?
—El sol me ha producido dolor de cabeza.
Le ofrecà álcali para que absorbiera.
—No, no; esto pasa —respondió rehusándolo.
Golpeándose luego las botas con el látigo que tenÃa en la mano:
—Juro no volver a cacerÃa de ninguna especie. ¡Caramba! Mire usté que errar ese tiro…
—Eso nos sucede a todos —le observé acordándome de la venganza de Braulio.
—¿Cómo a todos? Errarle a un venado a esa distancia, solamente a mà me sucede.
Tras un momento de silencio, dijo buscando algo con la mirada en el cuarto:
—¿Qué se han hecho las flores que habÃa aquà ayer?
Hoy no las han repuesto.
—Si hubiera sabido que te complacÃa verlas ahÃ, las habrÃa hecho poner. En Bogotá no eras aficionado a las flores.
Y me puse a hojear un libro que estaba abierto sobre la mesa.
—Jamás lo he sido —contestó Carlos— pero… ¡no leas, hombre! Mira: hazme el favor de sentarte aquà cerca, porque tengo que referirte cosas muy interesantes. Cierra la puerta.
Me vi sin salida; hice un esfuerzo para preparar mi fisonomÃa lo mejor que me fuera posible en tal lance, resuelto en todo caso a ocultar a Carlos lo enorme que era la necedad que cometÃa haciéndome sus confianzas.
Su padre, que llegó en aquel momento al umbral de la puerta, me libró del tormento a que iba a sujetarme.
Carlos —dijo don Jerónimo desde afuera—: te necesitamos acá.
HabÃa en el tono de su voz algo que me parecÃa significar: «Eso está ya muy adelantado».
Carlos se figuró que sus asuntos marchaban gloriosamente. De un salto se puso en pie contestando:
—Voy en este momento; —y salió.
A no haber yo fingido leer con la mayor calma en aquellos instantes, probablemente se habrÃa acercado a mà para decirme sonriendo: «En vista de la sorpresa que te preparo, vas a perdonarme el que no te haya dicho nada hasta ahora sobre este asunto»… Mas yo debà de parecerle tan indiferente a lo que pasaba como traté de fingirlo; lo cual fue conseguir mucho.
Por el ruido de las pisadas de la pareja, conocà que entraban al cuarto de mi padre.
No queriendo verme de nuevo en peligro de que Carlos me hablase de sus asuntos, me dirigà a los aposentos de mi madre. MarÃa se hallaba en el costurero: estaba sentada en una silla de cenchas, de la cual caÃa espumosa, arregazada a trechos con lazos de cinta celeste, su falda de muselina blanca; la cabellera, sin trenzas aún, rodábale en bucles sobre los hombros. En la alfombra que tenÃa a los pies se habÃa quedado dormido Juan, rodeado de sus juguetes. Ella, con la cabeza ligeramente echada hacÃa atrás, parecÃa estar viendo al niño: habiéndosele caÃdo de las manos el linón que cosÃa, descansaba sobre la alfombra.
Apenas sintió pasos levantó los ojos hacia mÃ; se pasó por las sienes las manos para despejarlas de cabellos que no las cubrÃan, y vergonzosa se inclinó con presteza a recoger la costura.
—¿Dónde está mi madre? —le pregunté, dejando de mirarla por contemplar la hermosura del niño dormido.
—En el cuarto de papá.
Y hallando en mi rostro lo que buscó tÃmidamente al decir esto, sus labios intentaron sonreÃr.
Medio arrodillado yo, enjugaba con mi pañuelo la frente del chiquito.
—¡Ay! —exclamó MarÃa— ¿acaso vi que se habÃa dormido? Voy a acostarlo.
Y se acercó a tomar a Juan. Yo lo estaba alzando ya en mis brazos y MarÃa lo esperaba en los suyos: besé los labios de Juan entreabiertos y purpurinos, y aproximando su rostro al de MarÃa, pasó ella los suyos sobre esa boca que sonreÃa al recibir nuestras caricias y lo estrechó tiernamente contra su pecho.
Salió para volver momentos después a ocupar su asiento, junto al cual habÃa colocado yo el mÃo.
Estaba ella arreglando los utensilios de su caja de costura, que habÃa desordenado Juan, cuando le dije:
—¿Has hablado con mi madre hoy sobre cierta propuesta de Carlos?
—Sà —respondió—prolongando sin mirarme el arreglo de la cajita.
—¿Qué te ha dicho? Deja eso ahora y hablemos formalmente.
Buscó aun algo en el suelo, y tomando por último un aire de afectada seriedad, que no excluÃa el vivo rubor de sus mejillas ni el mal velado brillo de sus ojos, contestó:
—Muchas cosas.
—¿Cuáles?
—Esas que usted aprobó que ella me dijera.
—¿Yo? ¿y por qué me tratas de usted hoy?
—¿No ve que es porque algunas veces me olvido… ?
—Di las cosas de que te habló mi madre.
—Si ella no me ha mandado que las diga… Pero lo que yo le respondà sà se puede contar.
—Bueno; a ver.
—Le dije que… Tampoco se pueden decir ésas.
—Ya me las dirás en otra ocasión, ¿no es verdad?
—SÃ; hoy no.
—Mi madre me ha manifestado que estás animada a contestarle a él lo que debes, a fin de que comprenda que estimas en lo que vale el honor que te hace.
Miróme entonces fijamente, sin responderme.
—Asà debe ser —continué.
Bajó los ojos y siguió guardando silencio, distraÃda al parecer en clavar en orden las agujas en su almohadilla.
—MarÃa, ¿no me has oÃdo? —agregué.
—SÃ.
Y volvió a buscar mis miradas, que me era imposible separar de su rostro. Vi entonces que en sus pestañas brillaban lágrimas.
—Pero ¿por qué lloras? —le pregunté.
—No, si no lloro… ¿acaso he llorado?
Y tomando mi pañuelo se enjugó precipitadamente los ojos.
—Te han hecho sufrir con eso, ¿no? Si te has de poner triste, no hablemos más de ello.
—No, no; hablemos.
—¿Es mucho sacrificio resolverte a oÃr lo que te dirá hoy Carlos?
—Yo tengo ya que darle a mamá gusto; pero ella me prometió que me acompañarÃan. Estarás ahÃ, ¿no es cierto?
—¿Y para qué as� ¿Cómo tendrá ocasión de hablarte él?
—Pero estarás tan cerca cuanto sea posible.
Y poniéndose a escuchar:
—Es mamá que viene —continuó, poniendo una mano suya en las mÃas, para dejarla tocar de mis labios, como solÃa hacerlo cuando querÃa hacer completa, al separarnos, mi felicidad de algunos minutos.
Entró mi madre, y MarÃa, ya en pie, me dijo:
—¿El baño?
—Sà —le repuse.
—Y las naranjas cuando estés allá.
—SÃ.
Mis ojos debieron de completar tan tiernamente como mi corazón lo deseaba estas respuestas pues ella, satisfecha de mi disimulo, sonreÃa al oÃrlas.
Estaba acabando de vestirme a la sombra de los naranjos del baño, a tiempo que don Jerónimo y mi padre, que deseaba enseñarle el mejor adorno de su jardÃn, llegaron a él. El agua estaba a nivel con el chorro, y se veÃan en ella, sobrenadando o errantes por el fondo diáfano, las rosas que Estéfana habÃa derramado en el estanque.
Era Estéfana una negra de doce años, hija de esclavos nuestros: su Ãndole y belleza la hacÃan simpática para todos. TenÃa un afecto fanático por su señorita MarÃa, la cual se esmeraba en hacerla vestir graciosamente.
Llegó Estéfana poco después que mi padre y el señor de M… ; y convencida de que podÃa acercarse ya, me presentó una copa que contenÃa naranja preparada con vino y azúcar.
—Hombre, su hijo de usted vive aquà como un rey, —dijo don Jerónimo a mi padre.
Este le repuso, a tiempo que daban vuelta al grupo de naranjos para tomar el camino de la casa:
—Seis años ha vivido como estudiante, y le faltan por vivir asà otros cinco cuando menos.
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