MarÃa
MarÃa —Tengo que disculparme para contigo de una falta de confianza en tu lealtad.
Yo deseaba oÃrle ya la confidencia, tan temible para mà un dÃa antes.
—¿De qué falta? —le respond×: no la he notado.
—¿Que no la has notado?
—No.
—¿No sabes el objeto con que mi padre y yo vinimos?
—SÃ.
—¿Estás al corriente del resultado de mi propuesta?
—No bien, pero…
—Pero lo adivinas.
—Es verdad.
—Bueno. Entonces ¿por qué no hablé contigo sobre lo que pretendÃa, antes de hacerlo con cualquiera otro, antes de consultárselo a mi padre?
—Una delicadeza exagerada de tu parte…
—No hay tal delicadeza; lo que hubo fue torpeza, imprevisión, olvido… lo que quieras; pero eso no se llama como lo has llamado.
Se paseó por el cuarto; y deteniéndose luego delante del sillón que yo ocupaba: