María

María

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—¡Eh! ¡Eh! ¿Pues qué es?

—Tío, si el valluno zafó desde que erré la lanzada.

José nos miraba como si fuese imposible entendernos.

—¡Timanejo pícaro!

Y acercándose al río, gritó de forma que las montañas repitieron su voz.

—¡Lucas del demonio!

—Aquí tengo yo un buen cuchillo para desollar, le advirtió Tiburcio.

No, hombre, si es que ese caratoso traía el jotico15 del fiambre, y este blanco querrá comer algo y… yo también, porque aquí no hay esperanzas de mazamorra.

Pero la mochila deseada estaba señalando precisamente el punto abandonado por el neivano. José, lleno de regocijo, la trajo al sitio donde nos hallábamos y procedió a abrirla, después de mandar a Tiburcio a llenar nuestros cocos de agua del río.

Las provisiones eran blandas y moradas masas de choclo16, queso fresco y carne asada con primor: todo ello fue puesto sobre hojas de platanillo. Sacó en seguida de entre una servilleta una botella de vino tinto, pan, ciruelas e higos pasos, diciendo:

—Esta es cuenta aparte.


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