MarÃa
MarÃa —Oye —dijo— y admÃrate de mi candidez. ¡Cáspita! Yo no sé para qué diablos le sirve a uno haber vivido veinticuatro años. Hace poco más de un año que me separé de ti para venirme al Cauca, y ojalá te hubiera esperado como tanto lo deseaste. Desde mi llegada a casa fui objeto de las más obsequiosas atenciones de tu padre y de tu familia toda: ellos veÃan en mà a un amigo tuyo, porque acaso les habÃas hecho saber la clase de amistad que nos unÃa. Antes de que vinieras, vi dos o tres veces a la señorita MarÃa y a tu hermana, ya de visita en casa, ya aquÃ. Hace un mes que me habló mi padre del placer que le darÃa yo tomando por esposa a una de las dos. Tu prima habÃa extinguido en mÃ, sin saberlo ella, todos aquellos recuerdos de Bogotá que tanto me atormentaban, como te lo decÃan mis primeras cartas. Convine con mi padre en que pidiera él para mà la mano de la señorita MarÃa. ¿Por qué no procuré verte antes? Bien es verdad que la prolongada enfermedad de mi madre me retuvo en la ciudad; pero ¿por qué no te escribÃ? ¿Sabes por qué?… CreÃa que al hacerte la confidencia de mis pretensiones era como exigirte algo a mi favor, y el orgullo me lo impidió. Olvidé que eras mi amigo; tú tendrÃas derecho, lo tienes, para olvidarlo también. Pero si tu prima me hubiese amado; si lo que no era otra cosa que las consideraciones a que tu amistad me daba derecho, hubiera sido amor, ¿tú habrÃas consentido en que ella fuera mi mujer sin… ? ¡Vaya! Yo soy un tonto en preguntártelo, y tú muy cuerdo en no responderme.