MarÃa
MarÃa —Mira —agregó después de un instante en que estuvo acodado en la ventana—: tú sabes que yo no soy hombre de los que se echan a morir por estas cosas: recordarás que siempre me reà de la fe con que creÃas en las grandes pasiones de aquellos dramas franceses que me hacÃan dormir cuando tú me los leÃas en las noches de invierno. Lo que hay es otra cosa: yo tengo que casarme; y me halagaba la idea de entrar a tu casa, de ser casi tu hermano. No ha sucedido asÃ, pero en cambio buscaré una mujer que me ame sin hacerme merecedor de tu odio, y…
—¡De mi odio! —exclamé interrumpiéndole.
—SÃ; dispensa mi franqueza. ¡Qué niñerÃa… no… qué imprudencia habrÃa sido ponerme en semejante situación! Bello resultado: pesadumbres para tu familia, remordimiento para mÃ, y la pérdida de tu amistad.
—Mucho debes de amarla —continuó después de una pausa—; mucho, puesto que pocas horas me han bastado para conocerlo, a pesar de lo que has procurado ocultármelo. ¿No es verdad que la amas asà como creÃste llegar a amar cuando tenÃas dieciocho años?
—Sà —le respondà seducido por su noble franqueza.
—¿Y tu padre lo ignora?
—No.