MarÃa
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SerÃan las once. Terminado el trabajo, estaba yo acodado en la ventana de mi cuarto.
Aquellos momentos de olvido de mà mismo, en que mi pensamiento se cernÃa en regiones que casi me eran desconocidas; momentos en que las palomas que estaban a la sombra en los naranjos agobiados por sus racimos de oro, se arrullaban amorosas; en que la voz de MarÃa, arrullo más dulce aún, llegaba a mis oÃdos, tenÃan un encanto inefable.
La infancia, que en su insaciable curiosidad se asombra de cuanto la naturaleza, divina enseñadora, ofrece nuevo a sus miradas; la adolescencia, que adivinándolo todo, se deleita involuntariamente con castas visiones de amor… presentimiento de una felicidad tantas veces esperada en vano; sólo ellas saben traer aquellas horas no medidas en que el alma parece esforzarse por volver a las delicias de un Edén —ensueño o realidad— que aún no ha olvidado.
No eran las ramas de los rosales, a los que las linfas del arroyo quitaban leves pétalos para engalanarse fugitivas; no era el vuelo majestuoso de las águilas negras sobre las cimas cercanas, no era eso lo que veÃan mis ojos; era lo que ya no veré más; lo que mi espÃritu quebrantado por tristes realidades no busca o admira únicamente en sus sueños: el mundo que extasiado contemplé en los primeros albores de la vida.
Divisé en el negro y tortuoso camino de las lomas a Tránsito y a su padre, quienes venÃan en cumplimiento de lo que a MarÃa tenÃan prometido. Crucé el huerto y subà la primera colina para aguardarlos en el puente de la cascada, visible desde el salón de la casa.
Como estábamos al raso, todavÃa no eran cortos los montañeses para conmigo; me dijeron todas aquellas cosas que solÃan en pasándose algunos dÃas sin vernos.
Pregunté por Braulio a Tránsito.
—Se quedó aprovechando el buen sol para la revuelta.2l ¿Y la Virgen de la Silla?
Tránsito acostumbraba preguntarme asà por MarÃa desde que advirtió la notable semejanza entre el rostro de la futura madrina y el de una bella Madona del oratorio de mi madre.
—La viva está buena y esperándote —le respond×; la pintada, llena de flores y alumbrada para que te haga muy feliz.
Asà que nos acercamos a la casa, MarÃa y Emma salieron a recibir a Tránsito, a la cual dijeron, entre otros agasajos, que estaba muy buena moza; y era cierto, pues la felicidad la embellecÃa.
José recibió, sombrero en mano, los cariñosos saludos de sus señoritas; y zafándose la mochila que traÃa a la espalda llena de legumbres para regalo, entró con nosotros, instado por mÃ, al aposento de mi madre. A su paso por el salón, Mayo, que dormÃa bajo una de las mesas, le gruñó, y el montañés le dijo riendo:
—¡Hola, abuelo! ¿TodavÃa no me quieres? Será porque estoy tan viejo como tú.
—¿Y LucÃa? —preguntó MarÃa a Tránsito— ¿por qué no quiso acompañarte?
—Si es tan floja que no, y tan montuna.
—Pero EfraÃn dice que con él no es asà —le observó Emma. Tránsito se rió antes de responder.
Con el señor es menos vergonzosa, porque como va tantas veces allá, le ha ido perdiendo el miedo.
Tratamos de saber el dÃa en que hubiera de efectuarse el matrimonio. José, para sacar de apuros a su hija, contestó:
—Queremos que sea de hoy en ocho dÃas. Si está bien pensado, lo haremos asÃ: en casa madrugaremos mucho, y no parando, llegaremos al pueblo cuando asome el sol; saliendo ustedes de aquà a las cinco, nos alcanzarán llegando; y como el señor cura tendrá todo listo, nos despacharemos temprano. Luisa es enemiga de fiestas, y las muchachas no bailan pasaremos, pues, el domingo como todos, con la diferencia de que ustedes nos harán una visita; y el lunes cada cual a su oficio: ¿no le parece? —concluyó dirigiéndose a mÃ.
—SÃ; pero, ¿irá a pie Tránsito al pueblo?
—¡Eh! —exclamó José.
—¿Pues cómo? —preguntó ella admirada.
—A caballo, ¿no están ahà los mÃos?
—Si a mà me gusta más andar a pie; y a LucÃa no es sólo eso, sino que les tiene miedo a las bestias22.
—¿Pero por qué? —preguntó Emma.
—Si en la provincia solamente los blancos andan a caballo; ¿no es asà padre?
—SÃ; y los que no son blancos, cuando ya están viejos.
—¿Quién te ha dicho que no eres blanca —pregunté a Tránsito—; y blanca como pocas.
La muchacha se puso colorada como una guinda, al responderme:
—Las que yo digo son las gentes ricas, las señoras.
José, luego que fue a saludar a mi padre, se despidió prometiéndonos volver por la tarde, a pesar de nuestras instancias para que se quedase a comer con nosotros.
A las cinco, como saliese la familia a acompañar a Tránsito hasta el pie de la montaña, MarÃa, que iba a mi lado, me decÃa:
—Si hubieras visto a mi ahijada con el traje de novia que le he hecho, y los zarcillos y gargantilla que le han regalado Emma y mamá, estoy segura que te habrÃa parecido muy linda.
—¿Y por qué no me llamaste?
—Porque Tránsito se opuso. Tenemos que preguntarle a mamá qué dicen y qué hacen los padrinos en la ceremonia.
—De veras, y los ahijados nos enseñarán qué responden los que se casan, por si se nos llegare a ofrecer.
Ni las miradas ni los labios de MarÃa respondieron a esta alusión a nuestra futura felicidad; y permaneció pensativa mientras andábamos el corto trecho que nos faltaba para llegar a la orilla de la montaña.
Allà estaba esperando Braulio a su novia, y se adelantó risueño y respetuoso a saludarnos.
—Se les va a hacer de noche para bajar —nos dijo Tránsito.
Se despidieron cariñosamente de nosotros los montañeses. Se habÃan internado algún espacio en la selva cuando oÃmos la buena voz de Braulio que cantaba vueltas23 antioqueñas.
Después de nuestro diálogo, MarÃa no habÃa vuelto a estar risueña. Inútilmente trataba yo de ocultarme la causa; bien la sabÃa por mi mal: ella pensaba al ver la felicidad de Tránsito y Braulio, en que pronto Ãbamos nosotros a separarnos, en que tal vez no volverÃamos a vernos… quizá en la enfermedad de que habÃa muerto su madre. Y no me atrevÃa a turbar su silencio.
Bajando las últimas colinas, Juan, a quien ella llevaba de la mano, me dijo:
—MarÃa quiere que yo sea guapo para caminar, y ella está cansada.
OfrecÃle entonces mi brazo para que se apoyara, lo que no habÃa podido hacer por atención a Emma y a mi madre.
Estábamos ya a poca distancia de la casa. Se iban apagando los arreboles que al ocultarse el Sol habÃa dejado sobre las sierras de occidente; la luna, levantándose a nuestra espalda sobre las montañas de que nos alejábamos, proyectaba las inquietas sombras de los sauces y enredaderas del jardÃn en los muros pálidamente iluminados.
Yo espiaba el rostro de MarÃa, sin que ella lo notase, buscando los sÃntomas de su mal, a los cuales precedÃa siempre aquella melancolÃa que de súbito se habÃa apoderado de ella.
—¿Por qué te has entristecido? —le pregunté al fin.
—¿No he estado pues como siempre? —me respondió cual si despertase de un ligero sueño—. ¿Y tú?
—Es porque has estado asÃ.
—Pero, ¿no podrÃa yo contentarte?
—Vuelve pues a estar alegre.
—¿Alegre? —preguntó como admirada—; ¿y lo estarás tú también?
—SÃ, sÃ.
—Mira: ya estoy como quieres —me dijo sonriente—; ¿nada más exiges?…
—Nada más… ¡Ah! SÃ: aquello que me has prometido y no me has dado.
—¿Qué será? ¿Creerás que no me acuerdo?
—¿No? ¿Y los cabellos?
—¿Y si lo notan al peinarme?
—Dirás que fue cortando una cinta.
—¿Esto es? —dijo— después de haber buscado bajo el pañolón, mostrándome algo que le negreaba en la mano y que ésta me ocultó al cerrarse.
—SÃ, eso; dámelos ahora.
—Si es una cinta —contestó volviendo a guardar lo que me habÃa mostrado.
—Bueno; no te los exigiré más.
—¡Conque bueno! ¿Y entonces para qué me los he cortado? Es que falta componerlos bien; y mañana precisamente…
—Esta noche.
—También; esta noche.
Mi brazo oprimió suavemente el suyo, desnudo de la muselina y encajes de la manga; su mano rodó poco a poco hasta encontrarse con la mÃa; la dejó levantar del mismo modo hasta mis labios; y apoyándose con más fuerza en mà para subir la escalera del corredor, me decÃa con voz lenta y de vibraciones acalladas:
—¿Ahora sà estás contento? No volvamos a estar tristes.
Quiso mi padre que en aquella noche le leyese de sobremesa algo del último número de El DÃa. Terminada la lectura, se retiró él, y pasé yo a la sala.
Se me acercó Juan y puso la cabeza en una de mis rodillas.
—¿No duermes esta noche? —le pregunté acariciándolo.
—Quiero que tú me hagas dormir —me contestó en aquella lengua que pocos podÃan entenderle.
—¿Y por qué no MarÃa?
—Yo estoy muy bravo con ella —repuso acomodándose mejor.
—¿Con ella? ¿Qué le has hecho?
—Si es ella la que no me quiere esta noche.
—Cuéntame por qué.
—Yo le dije que me contara el cuento de la Caperuza, y no ha querido; le he pedido besos y no me ha hecho caso.
Las quejas de Juan me hicieron temer que la tristeza de MarÃa hubiese continuado.
—Y si esta noche tienes sueños medrosos —dije al niño— ella no se levantará a acompañarte, como me has referido que lo hace.
—Entonces, mañana no le ayudaré a coger las flores para tu cuarto ni le llevaré los peines al baño.
—No digas tal; ella te quiere mucho: ve y dile que te dé los besos que le pediste y que te haga dormir oyendo el cuento.
—No —dijo poniéndose en pie y como entusiasmado por una buena idea—: voy a traértela para que la regañes.
—¿Yo?
—Voy a traerla.
Y diciéndolo se entró en su busca. A poco se presentó haciendo el papel de que la conducÃa de la mano por fuerza. Ella, sonriendo, le preguntaba:
—¿Adónde me llevas?
—Aquà —respondió Juan— obligándola a sentarse a mi lado.
Referà a MarÃa todo lo que habÃa charlado su consentido. Ella, tomando la cabeza de Juan entre las manos y tocándole la frente con la suya, dÃjole:
—¡Ah ingrato! Duérmete pues con él.
Juan se puso a llorar tendiéndome los bracitos para que lo tomase.
—No, mi amo; no, mi señor —le decÃa ella—: son chanzas de tu Mimiya; —y lo acariciaba.
Mas el niño insistió en que yo lo recibiera.
—¿Conque eso haces conmigo, Juan? —continuó MarÃa quejándosele. Bueno, ya el señor está hombre: esta noche haré que le lleven la cama al cuarto de su hermano; ya él no me necesita: yo me quedaré sola y llorando porque no me quiere más.?
Se cubrió los ojos con una mano para hacerle creer que lloraba: Juan esperó un instante; mas como ella persistió en fingirle llanto, se escurrió poco a poco de mis rodillas, y se le acercó tratando de descubrirle el rostro. Encontrando los labios de MarÃa sonrientes, y amorosos los ojos, rió también y abrazándosele de la cintura recostó la cabeza en su regazo, diciéndole:
—Te quiero como a los ojitos, te quiero como al corazón. Ya no estoy bravo ni tonto. Esta noche voy a rezar el bendito muy formal para que me hagas otros calzones.
—Muéstrame los calzones que te hacen —le dije.
Juan se puso en pie sobre el sofá, entre MarÃa y yo, para hacerme admirar sus primeros calzones.
—¡Qué lindos! —exclamé abrazándolo—. Si me quieres bastante y eres formal, conseguiré que te hagan muchos, y te compraré silla, zamarros, espuelas…
—Y un caballito negro —me interrumpió.
—SÃ.
Abrazóme dándome un prolongado beso, y asido al cuello de MarÃa, quien volvÃa el rostro para esquivarle los labios, la obligó a recibir idéntico agasajo. Se arrodilló donde habÃa estado en pie, con las manos juntas rezó devotamente el bendito y se reclinó soñoliento sobre la falda que ella le brindaba.
Noté que la mano izquierda de MarÃa jugaba con algo sobre la cabellera del niño, al paso que una sonrisa maliciosa le asomaba a los labios. Con una rápida mirada me mostró entre los cabellos de Juan el bucle de los que me tenÃa prometidos; ya me apresuraba yo a tomarlos, cuando ella, reteniéndolos, me dijo:
—¿Y para mÃ?… tal vez sea malo exigÃrtelo.
—¿Los mÃos? —le pregunté.
Significóme que sÃ, agregando:
—¿No quedarán bien en el mismo guardapelo en que tengo los de mi madre?
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