MarÃa
MarÃa —¿Tienes presente lo que hablamos el otro dÃa sobre la visita de esos señores, no?
Satisfecha de la respuesta, añadió:
—Bueno. Yo confÃo en que saldrás muy bien.
Y cerciorada de nuevo de que nada podÃa faltarme, salió.
Lo que Braulio habÃa dicho que era mineral, no era otra cosa que la cabeza del tigre; y con tal astucia habÃa conseguido hacer llegar a casa ese trofeo de nuestra hazaña.
Por los comentarios de la escena hechos en casa después, supe que en el comedor habÃa sucedido esto:
Iba a servirse el café en el momento en que llegó Juan Angel diciendo que yo venÃa ya e impuso a mi padre del contenido de la mochila. Este, deseoso de que don Jerónimo le diese su opinión sobre los cuarzos, mandó al negrito que los sacase; y trataba de hacerlo asà cuando dio un grito de terror y un salto de venado sorprendido.
Cada uno de los circunstantes quiso averiguar lo que habÃa pasado. Juan Angel, de espaldas contra la pared, los ojos tamaños y señalando con los brazos extendidos hacia el saco, exclamó:
—¡El tigre!