MarÃa
MarÃa —¿Llorando?, ¡ah feo!, ¿un hombre con miedo?
Don Jerónimo, que alcanzó a oÃrla, observó, meciéndose en su silla y arrojando una bocanada de humo:
—Ese otro también matará tigres.
—Vea usted a EfraÃn hecho un cazador de fieras —dijo Carlos a Emma, sentándose a su lado—; y en el colegio no se dignaba disparar un bodoquerazo a un paparote19. Y no señor… recuerdo ahora que en unos asuetos le vi hacer buenos tiros en la laguna de Fontibón. ¿Y estas cacerÃas son frecuentes?
—Otras veces —respondióle mi hermana— ha muerto con José y Braulio osos pequeños y lobos muy bonitos.
—¡Yo que pensaba instarle para que hiciésemos mañana una cacerÃa de venados, y preparándome para esto vine con mi escopeta inglesa!
—El tendrá muchÃsimo placer en divertir a usted: si ayer hubiese usted venido, hoy habrÃan ido ambos a la cacerÃa.
—¡Ah! sÃ… si yo hubiera sabido…
Mayo, que habrÃa estado despachando algunos bocados sabrosos en la cocina, pasó entonces por el comedor. Paróse en vista de la cabeza; erizado el cogote y espinazo, dio un cauto rodeo para acercarse al fin a olfatearla. Recorrió la casa a galope, y volviendo al comedor, se puso a aullar: no me encontraba, y acaso le avisaba su instinto que yo habÃa corrido peligros.