MarÃa
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En la mañana siguiente tuve que hacer un esfuerzo para que mi padre no comprendiese lo penoso que me era acompañarlo en su visita a las haciendas de abajo. El, como lo hacÃa siempre que iba a emprender viaje, por corto que fuese, intervenÃa en el arreglo de todo, aunque no era necesario, y repetÃa sus órdenes más que de costumbre. Como era preciso llevar algunas provisiones delicadas para la semana que Ãbamos a permanecer fuera de la casa, provisiones a las cuales era mi padre muy aficionado, riéndose él al ver las que acomodaban Emma y MarÃa en el comedor, dentro de los cuchugos que Juan Angel debÃa llevar colgados a la cabeza de la silla, dijo:
—¡Válgame Dios, hijas! ¿Todo eso cabrá ah�
—SÃ, señor —respondió MarÃa.
—Pero si con esto bastará para un obispo. ¡Ajá! Eres tú la más empeñada en que no lo pasemos mal.
MarÃa, que estaba de rodillas acomodando las provisiones, y que le daba la espalda a mi padre, se volvió para decirle tÃmidamente a tiempo que yo llegaba:
—Pues como van a estarse tantos dÃas…
—No muchos, niña —le replicó riéndose—. Por mà no lo digo: todo te lo agradezco, pero este muchacho se pone tan desganado allá… Mira —agregó dirigiéndose a mÃ.
—¿Qué cosa?
—Pues todo lo que ponen. Con tal avÃo hasta puede suceder que me resuelva a estarme quince dÃas.
—Pero si es mamá quien ha mandado —observó MarÃa.
—No hagas caso, judÃa —asà solÃa llamarla algunas veces cuando se chanceaba con ella—; todo está bueno; pero no veo aquà tinto del último que vino, y allá no hay; es necesario llevar.
—Si ya no cabe —le respondió MarÃa sonriendo.
—Ya veremos.
Y fue personalmente a la bodega por el vino que indicaba: al regresar con Juan Angel, recargado además con unas latas de salmón, repitió:
—Ahora veremos.
—¿Eso también? —exclamó ella viendo las latas.
Como mi padre trataba de sacar del cuchugo una lata ya acomodada, MarÃa, alarmándose, le observó:
—Es que esto no puede quedarse.
—¿Por qué, mi hija?
—Porque son las pastas que más le gustan y… porque las he hecho yo.
—¿Y también son para m� —le preguntó mi padre por lo bajo.
—¿Pues no están ya acomodadas?
—Digo que…
—Ahora vuelvo —interrumpió ella poniéndose en pie—. Aquà faltan unos pañuelos.
Y desapareció para regresar un momento después.
Mi padre, que era tenaz cuando se chanceaba, le dijo nuevamente en el mismo tono que antes, inclinándose a colocar algo cerca de ella:
—Allá cambiaremos pastas por vino.
Ella apenas se atrevÃa a mirarlo; y notando que el almuerzo estaba servido, dijo levantándose:
—Ya está la mesa puesta, señor; —y dirigiéndose a Emma—: dejemos a Estéfana lo que falta; ella lo hará bien.
Cuando yo me dirigÃa al comedor, MarÃa salÃa de los aposentos de mi madre, y la detuve allÃ.
—Corta ahora —le dije el pelo que quieras.
—¡Ay!, no, yo no.
—Di de dónde, pues.
—De donde no se note. —Y me entregó unas tijeras.
HabÃa abierto el guardapelo que llevaba suspendido al cuello. Presentándome la cajilla vacÃa, me dijo:
—Ponlo aquÃ.
—¿Y el de tu madre?
—Voy a colocarlo encima para que no se vea el tuyo.
HÃzolo asà diciéndome:
—Me parece que hoy te vas contento.
—No, no; es por no disgustar a mi padre; es tan justo que yo manifieste deseo de ayudarle en sus trabajos y que le ayude.
—Cierto: asà debe ser; y yo procuraré también manifestar que no estoy triste para que mamá y Emma no se resientan conmigo.
—Piénsame mucho —le dije besando el pelo de su madre y la mano con que lo acomodaba.
—¡Ah!, ¡mucho, mucho! —respondió mirándome con aquella ternura e inocencia que tan bien sabÃan hermanarse en sus ojos.
Nos separamos para llegar al comedor por diferentes entradas.
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