MarÃa
MarÃa —Pero, hombre —dijo poniéndose en pie delante de mi mesa y después de una larguÃsima disertación acerca de las ventajas de los cebaderos de guinea sobre los de pasto natural—: aquà hay muchos libros. Tú has venido cargando con todo el estante. Yo también estudio, es decir, leo… no hay tiempo para más; y tengo una prima bachillera que se ha empeñado en que me engulla un diluvio de novelas. Ya sabes que los estudios serios no han sido mi flaco: por eso no quise graduarme, aunque pude haberlo hecho.
No puedo prescindir del fastidio que me causa la polÃtica y de lo que me encocora todo eso de litis, a pesar de que mi padre se lamenta dÃa y noche de que no me ponga al frente de sus pleitos; tiene la manÃa de litigar, y las cuestiones más graves versan sobre veinte varas cuadradas de pantano o la variación de cauce de un zanjón que ha tenido el buen gusto de echar al lado del vecino una fajilla de nuestras tierras.
—Veamos —empezó leyendo el rótulo de los libros— Frayssinous, Cristo ante el Siglo, La Biblia… Aquà hay mucha cosa mÃstica. Don Quijote… Por supuesto: jamás he podido leer dos capÃtulos.
—¿No, eh?
—Blair —continuó—; Chateubriand… Mi prima Hortensia tiene furor por esto. Gramática Inglesa. ¡Qué lengua tan rebelde! no pude entrarle.
—Pero ya hablabas algo.