MarÃa
MarÃa —Hombre, yo necesito hacer algo bueno en la cacerÃa que tendremos, porque de otro modo dejaré enmohecer esta escopeta y juraré no haber cazado ni tominejas en toda mi vida.
—¡Oh! ya verás: te haré lucir, porque haré entrar el venado al huerto.
Carlos me hizo mil preguntas sobre sus condiscÃpulos, vecinas y amigas de Bogotá: entraron por mucho los recuerdos de nuestra vida estudiantil: hablóme de Emigdio y de sus nuevas relaciones con él, y se rió de buena gana acordándose del cómico desenlace de los amores de nuestro amigo con Micaelina.
Carlos habÃa regresado al Cauca ocho meses antes que yo. Durante este tiempo sus patillas habÃan mejorado, y la negrura de ellas hacÃa contraste con sus mejillas sonrosadas; su boca conservaba la frescura que siempre la hizo admirable; la cabellera abundante y medio crespa sombreaba su tersa frente, de ordinario serena como la de un rostro de porcelana. Decididamente era un buen mozo.
Hablóme también de sus trabajos de campo, de las novillas que cebaba en la actualidad, de los buenos pastales que estaba haciendo; y por fin de la esperanza fundada que tenÃa de ser muy pronto un propietario acomodado. Yo le veÃa hacer la punterÃa seguro del mal suceso; pero procuraba no interrumpirle para evitarme asà la incomodidad de hablarle de mis asuntos.