MarÃa
MarÃa La conversación rodó sobre la cacerÃa última, y fui casi desmentido por don Jerónimo al asegurarle que el éxito de ella se debÃa a Braulio, pues me puso de frente lo referido por Juan Angel.
Emma me hizo saber que Carlos habÃa venido preparado para que hiciésemos una cacerÃa de venados: él se entusiasmó con la promesa que le hice de proporcionarle una linda partida a inmediaciones de la casa.
Luego que salió mi hermana, quiso Carlos hacerme ver su escopeta inglesa, y con tal fin pasamos a mi cuarto. Era el arma exactamente igual a la que mi padre me habÃa regalado a mi regreso de Bogotá, aunque antes de verla yo, me aseguraba Carlos que nunca habÃa venido al paÃs cosa semejante.
—Bueno —me dijo, luego que la examiné—. ¿Con esta también matarÃas animales de esa clase?
—Seguramente que sÃ: a sesenta varas de distancia no bajará una lÃnea.
—¿A sesenta varas se hacen esos tiros?
—Es peligroso contar con todo el alcance del arma en tales casos; a cuarenta varas es ya un tiro largo.
—¿Qué tan lejos estabas cuando disparaste sobre el tigre?
—A treinta pasos.