MarÃa
MarÃa
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Después de tres dÃas, la fiebre resistÃa aún a todos los esfuerzos del médico para combatirla: los sÃntomas eran tan alarmantes, que ni a él mismo le era posible ocultar en ciertos momentos la angustia que le dominaba.
Eran las doce de la noche. El doctor me llamó disimu-ladamente al salón para decirme:
—Usted no desconoce el peligro en que se halla su padre: no me queda ya otra esperanza que la que tengo en los efectos de una copiosa sangrÃa que voy a darle, para lo cual está preparado convenientemente.
Si ella y los medicamentos que ha tomado esta tarde no producen de aquà al amanecer una excitación y un delirio crecientes, es difÃcil conseguir ya una crisis. Es tiempo de manifestar a usted —continuó después de alguna pausa— que si al venir el dÃa no se hubiere presentado esa crisis, nada me resta por hacer. Por ahora, haga usted que la señora se retire, porque, suceda o no lo que deseo, ella no debe estar en la habitación: es más de medianoche, y ése es un buen pretexto para suplicarle tome algún descanso. Si usted lo juzga conveniente, ruegue también a las señoritas que nos dejen solos.
Le observé que estaba seguro de que ellas se resistirÃan y que dado que se consiguiera, aquello podÃa desconsolar más a mi madre.
—Veo que usted se hace cargo de lo que está pasando, sin perder el valor que el caso requiere —me dijo examinando escrupulosamente, a la luz de la bujÃa inmediata, las lancetas de su estuche de bolsillo—. No hay que desesperar todavÃa.
Salimos del salón para ir a poner por obra lo que él estimaba como último recurso.
Mi padre estaba dominado por el mismo sopor: durante el dÃa y lo corrido de la noche no habÃa cesado el delirio. Su inmovilidad tenÃa algo de la que produce el agotamiento de las últimas fuerzas: casi sordo a todo llamamiento, solamente los ojos, que abrÃa con dificultad algunas veces, dejaban conocer que oÃa; y su respiración era anhelosa.
Mi madre sollozaba sentada a la cabecera de la cama, apoyada la frente en los almohadones y teniendo entre las manos una de las de mi padre. Emma y MarÃa, ayudadas por Luisa, que aquella noche habÃa venido a reemplazar a sus hijas, preparaban los útiles para el baño en que se iba a dar la sangrÃa.
Mayn pidió la luz; MarÃa la acercó a la cama: por el rostro le rodaban como a su pesar algunas lágrimas mientras el médico estuvo haciendo el examen que deseaba.
A la hora, terminado ya todo lo que el doctor estimaba como extremo recurso, nos dijo:
—Cuando el reloj dé las dos y media, debo estar aquÃ; pero si me vence el sueño, que me llamen.
Señalando en seguida al enfermo, añadió:
—Se le debe dejar en completa calma.
Y se retiró después de haber dicho casi risueño alguna chanza a las muchachas sobre la necesidad que tienen los viejos de dormir a tiempo: jovialidad digna de agradecérsele, pues que no tenÃa más objeto que tranquilizarlas.
Mi madre volvió a ver si lo que durante una hora se habÃa estado haciendo producÃa algún efecto consolador; pero logramos convencerla de que el doctor estaba lleno de esperanzas para el dÃa siguiente; y abrumada por el cansancio, se durmió en el departamento de Emma, donde quedó Luisa haciéndole compañÃa.
Dio las dos el reloj.
MarÃa y Emma sabÃan ya que el doctor deseaba la manifestación de ciertos sÃntomas, y espiaron largo tiempo con anhelosa curiosidad el sueño de mi padre.
El enfermo parecÃa más tranquilo, y habÃa pedido una vez agua, aunque con voz muy débil, bastante inteligible, lo cual les hizo concebir esperanza de que la sangrÃa produjera buenos resultados.
Emma, después de inútiles esfuerzos para evitarlo, se durmió en la poltrona que estaba a la cabecera de la cama. MarÃa, reclinada al principio en uno de los brazos del pequeño sofá que ocupábamos, habÃa dejado caer sobre éste, rendida al fin, la cabeza, cuyo perfil resaltaba en el damasco color de púrpura de los almohadones; habiéndosele desembozado el pañolón de seda que llevaba, negreaba rodado sobre el nevado linón de la falda, que con los boleros ajados parecÃa, a favor de la sombra, formada de espumas. En medio del silencio que nos rodeaba se percibÃa su respiración, suave como la de un niño que se ha dormido en nuestros brazos.
Sonaron las tres. El ruido del reloj hizo hacer un ligero movimiento a MarÃa como para incorporarse; pero fue más poderoso otra vez el sueño que su voluntad. Hundida la cintura en el ropaje que de ella descendÃa a la alfombra, quedaba visible un pie casi infantil, calzado con una chinela roja salpicada de lentejuelas.
Yo la contemplaba con indecible ternura, y mis ojos, vueltos algunas veces hacia el lecho de mi padre, tornaban a buscarla, porque mi alma estaba allÃ, acariciando esa frente, escuchando los latidos de ese corazón, esperando oÃr a cada instante alguna palabra que me revelase alguno de sus sueños, porque sus labios como que intentaban balbucirla.
Un quejido doloroso del enfermo interrumpió aquel enajenamiento aliviador de mi espÃritu; y la realidad reapareció tan espantosa como era.
Acerquéme al lecho: mi padre, que se apoyaba en uno de sus brazos, me miró con tenaz fuerza, diciéndome al cabo:
—Acércame la ropa, que es muy tarde ya.
—Es de noche, señor —le respondÃ.
—¿Cómo de noche? Quiero levantarme.
—Es imposible —le observé suavemente—. ¿No ve usted que le causarÃa mucho daño?
Dejó caer otra vez la cabeza en los almohadones, y pronunciaba en voz baja palabras que no entendÃ, mientras movÃa las manos pálidas y enflaquecidas, cual si estuviese haciendo una cuenta. Viéndole buscar alguna cosa a su lado, le presenté mi pañuelo.
—Gracias —me dijo, cual si hablase con un extraño; y después de enjugarse los labios con él, buscó sobre la colcha que lo cubrÃa, un bolsillo para guardarlo.
Volvió a quedarse dormido algunos momentos. Me acercaba a la mesa para saber la hora en que el delirio habÃa empezado, cuando él, sentado en la cama y descorriendo las cortinas que le ocultaban la luz, dejó ver la cabeza lÃvida y de asombrado mirar, diciéndome:
—¿Quién está ah�… ¡Hola! ¡Hola!
Sobrecogido de cierto espanto invencible, a pesar de lo que prometÃa aquel delirio tan semejante a la locura, procuré reducirlo a que se acostara. Clavando él en mà una mirada casi terrible, preguntó:
—¿No estuvo él aqu� En este momento se ha levantado de esa silla.
—¿Quién?
Pronunció el nombre que yo me temÃa.
Pasado un cuarto de hora, incorporóse otra vez diciéndome con voz más vigorosa ya:
—No le permita que entre; que me espere. A ver la ropa.
Le supliqué que no insistiera en levantarse, pero en tono imperativo replicó:
—¡Oh! ¡Qué necedad!… ¡La ropa!
Se me ocurrió que MarÃa, que habÃa ejercido sobre él en momentos semejantes tan poderosa influencia, podrÃa ayudarme; mas no me resolvà a separarme del lecho, temeroso de que mi padre se levantase. El estado de debilidad real en que se hallaba le impedÃa permanecer mucho tiempo sentado; y volvió a reclinarse aparentemente tranquilo. Entonces me acerqué a MarÃa, y tomándole la mano que le pendÃa sobre la falda, la llamé muy quedo. Ella, sin apartar la mano de la mÃa, se incorporó sin abrir los ojos; mas luego que me vio se apresuró a cubrirse los hombros con el pañolón, y poniéndose en pie me dijo:
—¿Qué se necesita, ah?
—Es —le respond× que el delirio ha empezado, y deseo que me acompañes por si el acceso es muy fuerte.
—¿Cuánto tiempo hace?
—Va para una hora.
Se acercó al lecho casi contenta por la buena noticia que yo le daba, y alejándose en puntillas de él, vino a decirme:
—Pero está dormido otra vez.
—Ya verás que eso dura poco.
—¿Y por qué no me habÃas despertado antes?
—DormÃas tan profundamente, que me dio pena hacerlo.
—¿Y Emma también? Ella tiene la culpa de que me haya dormido yo.
Se acercó a Emma y me dijo:
—Mira qué linda está. ¡Pobre! ¿La llamamos?
—Ya ves —le contesté— que da lástima despertar a quien duerme asÃ.
Le tomó el labio inferior a mi hermana, y cogiéndole después con ambas manos la cabeza, la llamó inclinándose hasta que se tocaron sus frentes. Emma despertó casi asustada, pero sonriendo al punto, tomó en las suyas las manos con que MarÃa le acariciaba las sienes.
Mi padre acababa de sentarse con más facilidad de la que hasta entonces habÃa tenido. Permaneció unos momentos silencioso y como espiando los ángulos oscuros del aposento. Las muchachas lo miraban aterradas.
—¡Voy allá! —prorrumpió él al fin—; ¡voy en este instante!
Buscó algo sobre la cama, y dirigiéndose de nuevo a quien creÃa lo esperaba, añadió:
—Perdone usted que lo haga esperar un instante.
Y dirigiéndose a mÃ:
—¡Mi ropa!… ¿Qué es esto? ¡La ropa!
MarÃa y Emma permanecÃan inmóviles.
—Es que no está aquà —le respond× han ido a traerla.
—¿Para qué se la han llevado?
—La habrán ido a cambiar por otra.
—Pero ¿qué demora es ésta? —dijo enjugándose el sudor de la frente—. ¿Los caballos están listos? —continuó.
—SÃ, señor.
—Vaya y diga a EfraÃn que lo espero para que montemos antes de que se haga tarde. ¡Muévase, hombre! Juan Angel, el café. ¡No, no… esto es intolerable!
Y se acercaba al borde de la cama para saltar al suelo. MarÃa aproximóse a él diciéndole:
—No, papá, no haga eso.
—¿Que no qué? —le respondió con aspereza.
—Que si se levanta se impacientará el doctor, porque le hará a usted mal.
—¿Qué doctor?
—Pues el médico que ha venido a verlo, porque usted está enfermo.
—Yo estoy bueno, ¿oyes? ¡Bueno!, y quiero levantarme. ¿Ese niño dónde está, que no aparece?
—Es necesario que yo llame a Mayn, dije al oÃdo a MarÃa.
—No, no —me contestó, deteniéndome de una mano y ocultándole con su cuerpo aquel ademán a mi padre.
—Pero si es indispensable.
—Es que no debes dejarnos solas. Dile a Emma que vaya a despertar a Luisa para que lo llame.
Lo hice asÃ, y Emma salió.
Mi padre insistÃa, irritado ya, en levantarse. Hube de alcanzarle la ropa que pedÃa y me resolvà a ayudarle a vestirse, cerrando antes las cortinas. Saltó de la cama inmediatamente que se creyó vestido. Estaba lÃvido, contraÃdo el ceño; agitábale los labios un temblor constante cual si estuviese poseÃdo de ira, y sus ojos tenÃan un brillo siniestro al girar en las órbitas buscando algo por todas partes. El pie sangrado le impedÃa andar bien a pesar de que habÃa aceptado mi brazo para apoyarse. MarÃa, en pie, las manos cruzadas sobre la falda y dejando conocer en su rostro el afán y el dolor que la angustiaba, no se atrevÃa a dar un paso hacia nosotros.
—Abra esa puerta —dijo mi padre acercándose a la que conducÃa al oratorio.
Le obedecÃ. El oratorio estaba sin luz. MarÃa se apresuró a precedernos con una, y colocándola cerca de aquella bella imagen de la Virgen que tanto se le parecÃa, pronunció palabras que no oÃ, y sus ojos suplicantes se fijaron arrasados de lágrimas en el rostro de la imagen. Mi padre se detuvo en el umbral. Su mirada se hizo menos intranquila, y se apoyó con mayor fuerza en mi brazo.
—¿Desea usted sentarse? —le pregunté.
—SÃ… bueno… Vamos —respondió con voz casi suave.
Lo habÃa vuelto yo a acomodar en la cama cuando entró el doctor: se le refirió lo que habÃa pasado y se mostró contento, después de pulsarlo.
A la media hora, se acercó Mayn otra vez a examinar al enfermo, que dormÃa profundamente: preparó una poción y entregándosela a MarÃa, le dijo:
—Usted va a darle esto, instándole para que lo tome con esa dulzurita que tenemos.
Ella tomó la copa con cierto temor, y nos acercamos a la cama llevando yo la luz. El doctor se ocultó tras de las cortinas para observar al enfermo sin ser visto.
MarÃa llamó a mi padre con su más suave acento. El, luego que despertó, se llevó la mano al costado, quejándose al mismo tiempo; fijóse en MarÃa, que le instaba para que tomase la poción, y le dijo:
—Por cucharadas; no puedo levantarme.
Ella empezó a darle asà la bebida.
—¿Está dulce? —le preguntó.
—SÃ, pero basta con eso ya.
—¿Tiene mucho sueño?
—SÃ. ¿Qué hora es?
—Va a amanecer.
—¿Tu mamá?
—Descansando un rato. Tome unas cucharadas más de esto y dormirá muy bien después.
El significó con la cabeza que no. MarÃa buscó los ojos del médico para consultarle, y él le hizo seña para que le diera más de la bebida. El enfermo se resistÃa y ella le dijo, haciendo ademán de que probara el contenido de la copa:
—Si es muy agradable. Otra cucharada, otra, y no más.
Los labios de mi padre se contrajeron intentando sonreÃr, y recibieron el lÃquido. MarÃa se los enjugó con su pañuelo, diciéndole con la misma ternura con que solÃa despedirse de Juan después de dejarlo acostado.
—Bueno, pues: ahora a dormir mucho.
Y cerró las cortinas.
—Con una enfermera como usted —le observó el doctor a tiempo que ella colocaba la luz sobre la mesa— no se morirÃa ninguno de mis enfermos…
—¿Es decir que ya?… —le interrumpió ella.
—Respondo de todo.
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