MarÃa
MarÃa Llegó la hora de retirarnos, y temiendo yo que me hubiesen preparado cama en el mismo cuarto que a Carlos, me dirigà al mÃo: de él salÃan en ese momento mi madre y MarÃa.
—Yo podré dormir solo aquÃ, ¿no es verdad? —pregunté a la primera, quien comprendiendo el motivo de la pregunta, respondió:
—No; tu amigo.
—¡Ah! sÃ, las flores —dije viendo las de mi florero puestas en él por la mañana y que llevaba en un pañuelo MarÃa—. ¿Adónde las llevas?
—Al oratorio, porque como no ha habido tiempo hoy para poner otras allá…
Le agradecà sobremanera la fineza de no permitir que las flores destinadas por ella para mÃ, adornasen esa noche mi cuarto y estuviesen al alcance de otro.
Pero ella habÃa dejado el ramo de azucenas que yo habÃa traÃdo aquella tarde de la montaña, aunque estaba muy visible sobre mi mesa, y se las presenté diciéndole:
—Lleva también estas azucenas para el altar: Tránsito me las dio para ti, al recomendarme te avisara que te habÃa elegido para madrina de su matrimonio. Y como todos debemos rogar por su felicidad…
—SÃ, sà —me respondió—; ¿conque quiere que yo sea su madrina? —añadió como consultando a mi madre.