MarÃa
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Pasados diez dÃas, mi padre estaba convaleciente, y la alegrÃa habÃa vuelto a nuestra casa. Cuando una enfermedad nos ha hecho temer la pérdida de una persona amada, aquel temor aviva nuestros más dulces afectos hacia ella, y hay en los cuidados que le prodigamos, alejado ya el peligro, una ternura capaz de desarmar a la muerte misma.
HabÃa recomendado el médico que se procurase al espÃritu del enfermo la mayor tranquilidad posible. Se evitaba cuidadosamente hablarle de negocios. Luego que pudo levantarse, le instamos que eligiera un libro para leer en algunos ratos y escogió el Diario de Napoleón en Santa Elena, lectura que siempre lo conmovÃa hondamente.
Reunidos en el costurero de mi madre, nos turnábamos para leerle Emma, MarÃa y yo, y si lo notábamos alguna vez dominado por la tristeza, Emma tocaba la guitarra para distraerlo. Otras veces solÃa él hablarnos de los dÃas de su niñez, de sus padres y hermanos, o nos referÃa con entusiasmo los viajes que habÃa hecho en su primera juventud. En ocasiones se chanceaba con mi madre criticando las costumbres del Chocó, por reÃr al oÃrla hacer la defensa de su tierra natal.
—¿Cuántos años tenÃa yo cuando nos casamos? —le preguntó una vez, después de haber hablado de los primeros dÃas de su matrimonio y de un incendio que los dejó completamente arruinados a los dos meses de verificado aquél.
—Veintiuno —respondió ella.
—No, hija; tenÃa veinte. Yo engañé a la señora (asà llamaba a su suegra) temeroso de que me creyese muy muchacho. Como las mujeres, cuando sus maridos empiezan a envejecer, nunca recuerdan bien los años que ellos tienen, fácil me ha sido luego rectificar la cuenta.
—¿Veinte años no más? —preguntó Emma admirada.
—Ya lo oyes —respondió mi madre.
—Y usted, ¿cuántos, mamá? —preguntó MarÃa.
—Yo tenÃa dieciséis: un año más de los que tienes tú.
—Pero dile que te cuente —dijo mi padre— la importancia que se daba para conmigo desde que tuvo quince, que fue entonces cuando yo resolvà casarme con ella y hacerme cristiano.
—A ver, mamá —dijo MarÃa.
—Pregúntale a él primero —respondió mi madre— a qué se resolvió por eso que él llama la importancia que para con él me daba.
Todos nos volvimos hacia mi padre, y él dijo:
—A casarme.
Interrumpió aquella conversación la llegada de Juan Angel, que venÃa del pueblo trayendo la correspondencia. Entregó algunos periódicos y dos cartas, ambas firmadas por el señor A… , y una de ellas de fecha bastante atrasada.
Luego que vi las firmas, se las pasé a mi padre.
—¡Ah!, sà —dijo devolviéndomelas—; esperaba cartas de él.
La primera se reducÃa a anunciar que no podrÃa emprender su viaje a Europa sino pasados cuatro meses, lo cual avisaba para que no se precipitasen los preparativos del mÃo. No me atrevà a dirigir una sola mirada a MarÃa, temeroso de provocar una emoción mayor que la que me dominaba; pero vino en mi ayuda la reflexión que hice instantáneamente de que si mi viaje no se frustraba, me quedaban aún más de tres meses de felicidad. MarÃa estaba pálida, y pretextaba buscar algo en su cajita de costura, que tenÃa sobre las rodillas. Mi padre, completamente tranquilo, esperó a que yo concluyese la lectura de la primera carta para decir:
—Qué se va a hacer: veamos la otra.
Leà los primeros renglones, y comprendiendo que iba a serme imposible disimular mi turbación, me acerqué a la ventana como para ver mejor, y poder dar asà la espalda a los que oÃan. La carta decÃa literalmente esto, en su parte sustancial:
«Hace quince dÃas que escribà a usted avisándole que me veÃa precisado a retardar por cuatro meses más mi viaje; pero habiéndose allanado cuando y como yo no lo esperaba, los inconvenientes que se me habÃan presentado, me apresuro a dirigirle esta carta con el objeto de anunciarle que el 30 del próximo enero estaré en Cali, donde espero encontrar a EfraÃn para que nos pongamos en marcha hacia el puerto el dos de febrero.
»Aunque tuve el pesar de saber que una grave enfermedad lo habÃa tenido a usted en cama, poco después recibà la agradable noticia de que estaba ya fuera de peligro. Doy a usted y a su familia la enhorabuena por el pronto restablecimiento de su salud.
»Espero, pues, que no habrá inconveniente alguno para que usted me proporcione el placer de llevar la grata compañÃa de EfraÃn, por quien, como usted sabe, he tenido siempre tan particular cariño. SÃrvase mostrarle esta parte de mi carta».
Cuando volvà a buscar mi asiento, encontré las miradas de mi padre fijas en mÃ. MarÃa y mi hermana salÃan en aquel momento al salón, y ocupé la butaca que la primera acababa de dejar, por estar este asiento más a la sombra.
—¿Cuántos tenemos hoy? —preguntó mi padre.
—Veintiséis —le respondÃ.
—Nos queda solamente un mes; es necesario no dormirse.
HabÃa en el acento con que pronunció aquellas palabras, y en su semblante, toda la tranquilidad que revela una resolución inmutable.
Un paje entró a avisarme que estaba listo el caballo que una hora antes le habÃa mandado preparar.
—Cuando vuelvas de tu paseo —dÃjome mi padre— contestaremos esa carta, y la llevarás tú mismo al pueblo, puesto que mañana debÃas de todos modos dar una vuelta a las haciendas.
—No me demoraré —dije saliendo.
Necesitaba disimular lo que sufrÃa; llamar en la soledad aquella dulce esperanza que me habÃa halagado para dejarme luego solo ante la realidad del temido viaje; necesitaba llorar a solas, para que MarÃa no viera mis lágrimas… ¡Ah!, si ella hubiese podido saber cuántas brotaban de mi corazón en aquel instante, tampoco habrÃa esperado ya.
Descendà a las anchas vegas del rÃo, donde acercándose a las llanuras es menos impetuoso: formando majestuosas curvas, pasa al principio por en medio de colinas pulcramente alfombradas, de las que ruedan a unÃrsele torrentes espumosos, y sigue luego acariciando los follajes de los carboneros y guayabales de la orilla; se oculta después bajo las últimas cintas montañosas donde parece darle en murmullos sus últimos adioses a la soledad, y al fin piérdese a lo lejos, muy lejos en la pampa azul, donde en aquel momento el Sol al esconderse tornasolaba de lila y oro su raudal.
Cuando regresé ascendiendo por los tortuosos senderos de la ribera, la noche estaba engalanada ya con todos los esplendores del estÃo. Las albas espumas del rÃo pasaban resplandecientes, y las ondas mecÃan los cañaverales como diciendo secretos a las auras que venÃan a peinarles los plumajes. Los no sombreados remansos reflejaban en su fondo temblorosas las estrellas; y donde los ramajes de la selva de una y otra orilla se enlazaban formando pabellones misteriosos, brillaba la luz fosfórica de las luciérnagas errantes. Sólo el grillar de los insectos nocturnos turbaba aquel silencio de los bosques; pero de tiempo en tiempo el bujÃo, guardián de las negras espesuras, revoloteaba a mi alrededor haciéndome oÃr su silbido siniestro.
La casa, aunque iluminada ya, estaba silenciosa cuando entregué en la graderÃa el caballo a Juan Angel.
Me esperaba mi padre paseándose en el salón: la familia se hallaba reunida en el oratorio.
—Has tardado —me dijo mi padre—: ¿quieres que escribamos esas cartas?
—Quisiera que antes habláramos algo sobre mi viaje.
—A ver —me contestó sentándose en un sofá.
Yo permanecà en pie cerca de una mesa y dando la espalda a la bujÃa que nos alumbraba.
—Después de la desgracia ocurrida —le dije— después de esa pérdida, cuyo valor puedo valuar, estimo indispensable manifestar a usted que no lo creo obligado a hacer el sacrificio que le exige la conclusión de mis estudios. Antes de que los intereses de la casa sufrieran este desfalco indiqué a usted que me serÃa muy satisfactorio en adelante ayudarle en sus trabajos; y a su negativa de entonces nada pude replicar. Hoy las circunstancias son muy distintas: todo me hace esperar que usted aceptará mi ofrecimiento; y yo renuncio gustoso al bien que usted quiere hacerme enviándome a concluir mi carrera, porque es un deber mÃo relevar a usted de esa especie de compromiso que para conmigo tiene contraÃdo.
—Todo eso —me respondió— está hasta cierto punto juiciosamente pensado. Aunque haya motivos para que hoy más que antes te sea temible ese viaje, no puedo dejar de conocer, a pesar de todo, que te dominan al hablar asà nobles sentimientos. Pero debo advertirte que mi resolución es irrevocable. Los gastos que el resto de tu educación me cause en nada empeorarán mi situación, y una vez concluida tu carrera, la familia cosechará abundante fruto de la semilla que voy a sembrar. Por lo demás —añadió después de una corta pausa, durante la cual volvió a pasearse por el salón— creo que tienes el noble orgullo necesario para no pretender cortar lastimosamente lo que tan bien has empezado.
—Haré cuanto esté a mi alcance —le contesté completamente desesperanzado ya—; haré cuanto pueda para corresponder a lo que usted espera de mÃ.
—Asà debe ser. Vete tranquilo. Estoy seguro de que a tu regreso ya habré conseguido llevar a cabo con fortuna los proyectos que tengo para pagar lo que debo. Tu posición será, pues, muy buena dentro de cuatro años, y MarÃa será entonces tu esposa.
Permaneció silencioso otra vez por algunos momentos, y deteniéndose al fin delante de mÃ, dijo:
—Vamos pues a escribir; trae aquà lo necesario, no sea que me haga mal salir al escritorio.
HabÃa acabado de dictarme una larga y afectuosa carta para el señor A… , y quiso que mi madre, que se presentó en ese momento en el salón, la oyera leer. Esto era en el fondo lo que leÃa yo a tiempo que MarÃa entró trayendo el servicio de té para mi padre, ayudada por Estéfana:
«EfraÃn estará listo para marchar a Cali el treinta de enero; lo encontrará usted allà y podrán seguir para Buenaventura el dos de febrero, como usted lo desea».
SeguÃan las fórmulas de estilo.
MarÃa, a quien daba yo la espalda, puso sobre la mesa y al alcance de mi padre el plato y taza que llevaba. Quedó al hacerlo iluminada de lleno por la luz de la mesa; estaba casi lÃvida: al recibir la tetera que le presentaba Estéfana, se apoyó con la mano izquierda en el espaldar de la silla que yo ocupaba, y tuvo que sentarse en el sofá inmediato mientras mi padre se servÃa el azúcar. El le presentó la taza y ella se puso en pie para llenarla, pero le temblaba la mano de tal manera, que viendo mi padre que el té se derramaba, miró a MarÃa diciéndole:
—Basta… basta, hija.
No se le ocultaba a él la causa de aquella turbación. Siguiendo a MarÃa con la mirada mientras ella se dirigÃa apresuradamente al comedor, y fijándola después en mi madre, le hizo esta pregunta que sus labios no tenÃan necesidad de pronunciar:
—¿Ves esto?
Todos quedamos en silencio; y a poco salà yo con pretexto de llevar al escritorio los útiles que habÃa traÃdo.
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