María

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25

Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños, que en vano se estimulaban a respetar mi sueño. Las palomas cogidas en esos días, y que alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacíos, gemían espiando los primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas.

—No abras —decía Felipe— no abras, que mi hermano está dormido, y se salen las cuncunas.

—Pero si María nos llamó ya —replicó el chiquito.

—No hay tal: yo estoy despierto hace rato, y no ha llamado.

—Sí, ya sé lo que quieres: irte corriendo primero que yo a la quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caído negros.

—Como a mí me cuesta mi trabajo ponerlos bien… —le interrumpió Felipe.

—¡Vea que gracia! Si es Juan Angel el que te los pone en los charcos buenos.

E insistía en abrir.

—¡No abras! —replicó Felipe enfadado ya—: aguárdate veo si Efraín está dormido.

Y diciendo esto, se acercó de puntillas a mi cama.

Tomélo entonces por el brazo, diciéndole:

—¡Ah bribón!, conque le quitas los pescados al chiquito.


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