MarÃa
MarÃa Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños, que en vano se estimulaban a respetar mi sueño. Las palomas cogidas en esos dÃas, y que alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacÃos, gemÃan espiando los primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas.
—No abras —decÃa Felipe— no abras, que mi hermano está dormido, y se salen las cuncunas.
—Pero si MarÃa nos llamó ya —replicó el chiquito.
—No hay tal: yo estoy despierto hace rato, y no ha llamado.
—SÃ, ya sé lo que quieres: irte corriendo primero que yo a la quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caÃdo negros.
—Como a mà me cuesta mi trabajo ponerlos bien… —le interrumpió Felipe.
—¡Vea que gracia! Si es Juan Angel el que te los pone en los charcos buenos.
E insistÃa en abrir.
—¡No abras! —replicó Felipe enfadado ya—: aguárdate veo si EfraÃn está dormido.
Y diciendo esto, se acercó de puntillas a mi cama.
Tomélo entonces por el brazo, diciéndole:
—¡Ah bribón!, conque le quitas los pescados al chiquito.