MarÃa
MarÃa Braulio, a quien habÃamos perdido de vista hacÃa rato, gritó con voz tal que a pesar de la distancia pudimos oÃrla:
—¡Allá va, allá va! Dejen uno con escopeta allÃÃÃ; sálganse a lo liiimpio, porque el venado se vuelve a la Hooonda.
Quedó el paje de Carlos en su puesto, y éste y yo fuimos a tomar nuestros caballos.
La pieza salÃa a ese tiempo de la vega, a gran distancia de los perros, y descendÃa hacia la casa.
—Apéate —grité a Carlos— espéralo sobre el cerco.
HÃzolo asÃ, y cuando el venado se esforzaba, fatigado ya, por brincar el vallado del huerto, disparó sobre él: el venado siguió; Carlos se quedó atónito.
Braulio llegó en ese momento, y yo salté del caballo, botándole las bridas a Juan Angel.
De la casa veÃan todo lo que estaba pasando. Don Jerónimo salvó, escopeta en mano, la baranda del corredor, y al ir a disparar sobre el animal, se enredó los pies dichosamente en las plantas de una era, lo cual iba haciéndolo caer a tiempo que mi padre le decÃa:
—¡Cuidado, cuidado! Mire usted que por ahà vienen todos.
Braulio siguió de cerca al venadito, evitando asà que los perros lo despedazasen.