María
María Poco después descendió Braulio por la orilla limpia del bosque de la cañada. No bien estuvo al lado de Juan Angel, soltó los dos perros que éste llevaba de cabestro y los detuvo por unos momentos asiéndolos del pestorejo, hasta que se persuadió que la presa estaba cerca del paso en que nos hallábamos: animólos con repetidos gritos, y desaparecieron veloces.
Carlos, Juan Angel y yo nos desplegamos en la falda. A poco vimos que empezaba a atravesarla, seguido de cerca por uno de los perros de José, el venado, que bajó por la cañada menos de lo que nos habíamos supuesto.
A Juan Angel le blanqueaban los ojos y al reír dejaba ver hasta las muelas de su fina dentadura. Sin embargo, de haberle ordenado que permaneciera en la cañada, por si el venado volvía a ella, atravesó con Braulio, y casi a par de nuestros caballos, los pajonales y ramblas que nos separaban del río. Al caer a la vega de éste el venado, los perros perdieron el rastro, y él subió en vez de bajar.
Carlos y yo echamos pie a tierra para poder ayudar a Braulio en el fondo de la vega.
Perdida más de una hora en idas y venidas, oímos al fin los ladridos de un perro, los cuales nos dieron esperanza de que se hubiera hallado de nuevo la pista. Pero Carlos juraba al salir de un bejucal en que se había metido sin saber cómo ni cuándo, que el bruto de su negro había dejado ir la pieza río abajo.