María

María

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Al pasar dando vuelta a la casa por frente a los balcones del departamento de Emma, María estaba apoyada en el barandaje de uno de ellos: parecía hallarse en uno de aquellos momentos de completa distracción a que con frecuencia se abandonaba. Eloísa, que se hallaba a su lado, jugaba con los bucles destrenzados y espesos de la cabellera de su prima.

El ruido de nuestros caballos y los ladridos de los perros sacaron a María de su enajenamiento, a tiempo que yo la saludaba por señas y que Carlos me imitaba. Noté que ella permanecía en la misma posición y sitio hasta que nos internamos en la cañada de la Honda.

Mayo nos acompañó hasta el primer torrente que vadeamos; allí deteniéndose como a reflexionar, regresó a galope corto hacia la casa.

—Oye —le dije a Carlos, luego que se pasó una media hora, durante la cual le referí sin descansar los más importantes episodios de las cacerías de venados que los montañeses y yo habíamos hecho—; oye: los gritos de Braulio y ese ladrido de los perros prueban que han levantado.

Las montañas los repetían; y si se acallaban por ratos, empezaban de nuevo con mayor fuerza y a menor distancia.


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