MarÃa
MarÃa —Has hecho muy mal —le observé.
—No lo volveré a hacer, y menos con él, porque se me pone que no cazará más con nosotros… ¡Ah! La señorita MarÃa me ha dado mil recados para Tránsito: le agradezco tanto que esté gustosa de ser nuestra madrina… y no sé qué hacer para que lo sepa: usted debe decÃrselo.
—Lo haré asÃ; pierde cuidado.
—Adiós —dijo tendiéndome francamente la mano, sin dejar por eso de tocarse el ala del sombrero con la otra—; hasta el domingo.
Salió del patio llamando sus perros con el silbido agudo que producÃa en tales casos, oprimiendo con el Ãndice y el pulgar el labio inferior.