MarÃa
MarÃa Hasta entonces habÃa conseguido que Carlos no me hiciera confidencia alguna sobre las pretensiones que en mala hora para él lo habÃan llevado a casa.
Mas luego que nos encontramos solos en mi cuarto, donde me llevó pretextando deseo de descansar y de que leyésemos algo, conocà que iba a ponerme en la difÃcil situación de la cual habÃa logrado escapar hasta allà a fuerza de maña. Se acostó en mi cama quejándose de calor; y como le dije que iba a mandar que nos trajeran algunas frutas, me observó que le causaban daño desde que habÃa sufrido intermitentes. Acerquéme al estante preguntándole qué deseaba que leyésemos.
—Hazme el favor de no leer nada —me contestó.
—¿Quieres que tomemos un baño en el rÃo?
—El sol me ha producido dolor de cabeza.
Le ofrecà álcali para que absorbiera.
—No, no; esto pasa —respondió rehusándolo.
Golpeándose luego las botas con el látigo que tenÃa en la mano:
—Juro no volver a cacerÃa de ninguna especie. ¡Caramba! Mire usté que errar ese tiro…
—Eso nos sucede a todos —le observé acordándome de la venganza de Braulio.
—¿Cómo a todos? Errarle a un venado a esa distancia, solamente a mà me sucede.
Tras un momento de silencio, dijo buscando algo con la mirada en el cuarto: