MarÃa
MarÃa —¿Qué se han hecho las flores que habÃa aquà ayer?
Hoy no las han repuesto.
—Si hubiera sabido que te complacÃa verlas ahÃ, las habrÃa hecho poner. En Bogotá no eras aficionado a las flores.
Y me puse a hojear un libro que estaba abierto sobre la mesa.
—Jamás lo he sido —contestó Carlos— pero… ¡no leas, hombre! Mira: hazme el favor de sentarte aquà cerca, porque tengo que referirte cosas muy interesantes. Cierra la puerta.
Me vi sin salida; hice un esfuerzo para preparar mi fisonomÃa lo mejor que me fuera posible en tal lance, resuelto en todo caso a ocultar a Carlos lo enorme que era la necedad que cometÃa haciéndome sus confianzas.
Su padre, que llegó en aquel momento al umbral de la puerta, me libró del tormento a que iba a sujetarme.
Carlos —dijo don Jerónimo desde afuera—: te necesitamos acá.
HabÃa en el tono de su voz algo que me parecÃa significar: «Eso está ya muy adelantado».
Carlos se figuró que sus asuntos marchaban gloriosamente. De un salto se puso en pie contestando:
—Voy en este momento; —y salió.