MarÃa
MarÃa —Y las naranjas cuando estés allá.
—SÃ.
Mis ojos debieron de completar tan tiernamente como mi corazón lo deseaba estas respuestas pues ella, satisfecha de mi disimulo, sonreÃa al oÃrlas.
Estaba acabando de vestirme a la sombra de los naranjos del baño, a tiempo que don Jerónimo y mi padre, que deseaba enseñarle el mejor adorno de su jardÃn, llegaron a él. El agua estaba a nivel con el chorro, y se veÃan en ella, sobrenadando o errantes por el fondo diáfano, las rosas que Estéfana habÃa derramado en el estanque.
Era Estéfana una negra de doce años, hija de esclavos nuestros: su Ãndole y belleza la hacÃan simpática para todos. TenÃa un afecto fanático por su señorita MarÃa, la cual se esmeraba en hacerla vestir graciosamente.
Llegó Estéfana poco después que mi padre y el señor de M…; y convencida de que podÃa acercarse ya, me presentó una copa que contenÃa naranja preparada con vino y azúcar.
—Hombre, su hijo de usted vive aquà como un rey, —dijo don Jerónimo a mi padre.
Este le repuso, a tiempo que daban vuelta al grupo de naranjos para tomar el camino de la casa:
—Seis años ha vivido como estudiante, y le faltan por vivir asà otros cinco cuando menos.