MarÃa
MarÃa Que arrastro, el silencio turban
De esta soledad eterna
Donde ni el viento se escucha…
Muero sin ver tus montañas
¡Oh patria!, donde mi cuna
Se meció bajo los bosques
Que no cubrirán mi tumba.
Mientras sonaba el canto, las luces del féretro hacÃan brillar las lágrimas que rodaban por los rostros medio embozados de las esclavas, y yo procuraba inútilmente ocultarles las mÃas.
La cuadrilla se retiró, y solamente quedaron unas pocas mujeres que debÃan turnarse para orar toda la noche, y dos hombres para que preparasen las andas en que la muerta debÃa ser conducida al pueblo.
Estaba muy avanzada la noche cuando logré que Juan Angel se durmiera rendido por su dolor. Me retiré luego a mi cuarto; pero el rumor de las voces de las mujeres que rezaban y el golpe de los machetes de los esclavos que preparaban la parihuela de guaduas me despertaban cada vez que habÃa conciliado el sueño.
A las cuatro, Juan Angel dormÃa aún. Los ocho esclavos que conducÃan el cadáver, y yo, nos pusimos en marcha. HabÃa dado orden al mayordomo Higinio para que hiciera al negrito esperarme en casa, por evitarle el lance terrible de despedirse de su madre.