MarÃa
MarÃa —SÃ.
Y volvió a buscar mis miradas, que me era imposible separar de su rostro. Vi entonces que en sus pestañas brillaban lágrimas.
—Pero ¿por qué lloras? —le pregunté.
—No, si no lloro… ¿acaso he llorado?
Y tomando mi pañuelo se enjugó precipitadamente los ojos.
—Te han hecho sufrir con eso, ¿no? Si te has de poner triste, no hablemos más de ello.
—No, no; hablemos.
—¿Es mucho sacrificio resolverte a oÃr lo que te dirá hoy Carlos?
—Yo tengo ya que darle a mamá gusto; pero ella me prometió que me acompañarÃan. Estarás ahÃ, ¿no es cierto?
—¿Y para qué as� ¿Cómo tendrá ocasión de hablarte él?
—Pero estarás tan cerca cuanto sea posible.
Y poniéndose a escuchar:
—Es mamá que viene —continuó, poniendo una mano suya en las mÃas, para dejarla tocar de mis labios, como solÃa hacerlo cuando querÃa hacer completa, al separarnos, mi felicidad de algunos minutos.
Entró mi madre, y MarÃa, ya en pie, me dijo:
—¿El baño?
—Sà —le repuse.