MarÃa
MarÃa Buscó aun algo en el suelo, y tomando por último un aire de afectada seriedad, que no excluÃa el vivo rubor de sus mejillas ni el mal velado brillo de sus ojos, contestó:
—Muchas cosas.
—¿Cuáles?
—Esas que usted aprobó que ella me dijera.
—¿Yo?, ¿y por qué me tratas de usted hoy?
—¿No ve que es porque algunas veces me olvido…?
—Di las cosas de que te habló mi madre.
—Si ella no me ha mandado que las diga… Pero lo que yo le respondà sà se puede contar.
—Bueno; a ver.
—Le dije que… Tampoco se pueden decir ésas.
—Ya me las dirás en otra ocasión, ¿no es verdad?
—SÃ; hoy no.
—Mi madre me ha manifestado que estás animada a contestarle a él lo que debes, a fin de que comprenda que estimas en lo que vale el honor que te hace.
Miróme entonces fijamente, sin responderme.
—Asà debe ser —continué.
Bajó los ojos y siguió guardando silencio, distraÃda al parecer en clavar en orden las agujas en su almohadilla.
—MarÃa, ¿no me has oÃdo? —agregué.