MarÃa
MarÃa —¿Dónde está mi madre? —le pregunté, dejando de mirarla por contemplar la hermosura del niño dormido.
—En el cuarto de papá.
Y hallando en mi rostro lo que buscó tÃmidamente al decir esto, sus labios intentaron sonreÃr.
Medio arrodillado yo, enjugaba con mi pañuelo la frente del chiquito.
—¡Ay! —exclamó MarÃa— ¿acaso vi que se habÃa dormido? Voy a acostarlo.
Y se acercó a tomar a Juan. Yo lo estaba alzando ya en mis brazos y MarÃa lo esperaba en los suyos: besé los labios de Juan entreabiertos y purpurinos, y aproximando su rostro al de MarÃa, pasó ella los suyos sobre esa boca que sonreÃa al recibir nuestras caricias y lo estrechó tiernamente contra su pecho.
Salió para volver momentos después a ocupar su asiento, junto al cual habÃa colocado yo el mÃo.
Estaba ella arreglando los utensilios de su caja de costura, que habÃa desordenado Juan, cuando le dije:
—¿Has hablado con mi madre hoy sobre cierta propuesta de Carlos?
—Sà —respondió— prolongando sin mirarme el arreglo de la cajita.
—¿Qué te ha dicho? Deja eso ahora y hablemos formalmente.