MarĂa
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El veintiocho de enero, dos dĂas antes del señalado para mi viaje, subĂ a la montaña muy temprano. Braulio habĂa venido a llevarme, enviado por JosĂ© y las muchachas que deseaban recibir mi despedida en su casa. El montañés no interrumpiĂł mi silencio durante la marcha. Cuando llegamos, Tránsito y LucĂa estaban ordeñando la vaca Mariposa en el patiecito de la cabaña de Braulio, y se levantaron a recibirme con sus agasajos y alegrĂa de costumbre, convidándome a entrar.
—Acabemos antes de ordeñar la novillona —les dije recostando mi escopeta en el palenque—; pero LucĂa y yo solos, porque quiero conseguir asĂ que se acuerde de mĂ todas las mañanas.
TomĂ© el socobe, en cuyo fondo blanqueaban ya nevadas espumas, y poniĂ©ndolo bajo la ubre de la Mariposa, logrĂ© al fin que LucĂa, toda avergonzada, lo acabase de llenar. Mientras esto hacĂa, le dije mirándola por debajo de la vaca:
—Como no se han acabado los sobrinos de José, pues yo sé que Braulio tiene un hermano más buen mozo que él, y que te quiere desde que estabas como una muñeca…
—Como otro a otra —me interrumpió.
—Lo mismo. Voy a decirle a la señora Luisa que se empeñe con su marido para que el sobrinito venga a ayudarle; y asĂ, cuando yo vuelva, no te pondrás colorada de todo.
—¡Eh, eh! —dijo dejando de ordeñar.
—¿No acabas?
—Pero, ¿cómo quiere que acabe, si usté está tan zorral?… Ya no tiene más.
—¿Y esas dos tetas llenas? Ordéñalas.
—Ello no; si esas son las del ternero.
—¿Conque le digo a Luisa?
DejĂł de oprimir con los dientes el inferior de sus voluptuosos labios para hacer con ellos un gestito que en lenguaje de LucĂa significaba «a ver y cĂłmo no», y en el mĂo «haga lo que quiera».
El becerro, que desesperaba porque le quitaran el bozal, hecho con una extremidad de la manea, y que lo ataba a una mano de la vaca, quedĂł a sus anchas con solo halar la ordeñadora una punta de la cuerda; y LucĂa, viĂ©ndolo abalanzarse a la ubre, dijo:
—Eso era lo que te querĂas; cabezĂłn más fastidioso…
DespuĂ©s de lo cual entrĂł a la casa llevando sobre la cabeza el socobe y mirándome pĂcaramente de soslayo.
Yo desalojĂ© de una orilla del arroyo una familia de gansos que dormitaban sobre el cĂ©sped, y me puse a hacer mi tocado de mañana conversando al mismo tiempo con Tránsito y Braulio, quienes tenĂan las piezas de vestido de que me habĂa despojado.
—¡LucĂa! —gritĂł Tránsito—; tráete el paño bordado que está en el baulito pastuso.
—No creas que viene —le dije a mi ahijada; y les contĂ© en seguida lo que habĂa conversado con LucĂa.
Ellos reĂan a tiempo que LucĂa se presentĂł corriendo con lo que se le habĂa pedido, contra todo lo que esperábamos; y como adivinaba de quĂ© habĂamos tratado, y que de ella reĂan sus hermanos, me entregĂł el paño volviendo a un lado la cara para que no se la viese ni verme ella, y se dirigiĂł a Tránsito para hacerle la siguiente observaciĂłn:
—Ven a ver tu café, porque se me va a quemar, y déjate de estar ahà riéndote a carcajadas.
—¿Ya está? —preguntó Tránsito.
—¡Ih! hace tiempos.
—¿Qué es eso de café? —pregunté.
—Pues que yo le dije a la señorita, el Ăşltimo dĂa que estuve allá, que me lo enseñara a hacer, porque se me pone que a ustĂ© no le gusta la gamuza; y por eso fue que nos encontrĂł afanadas ordeñando.
Esto decĂa colgando el paño, que ya le habĂa devuelto yo, en una de las hojas de la palma de helecho pintorescamente colocada, en el centro del patio.
En la casa llamaban la atenciĂłn a un mismo tiempo la sencillez, la limpieza y el orden: todo olĂa a cedro, madera de que estaban hechos los rĂşsticos muebles, y florecĂan bajo los aleros macetas de claveles y narcisos con que la señora Luisa habĂa embellecido la cabañita de su hija: en los pilares habĂa testas de venados, y las patas disecadas de los mismos servĂan de garabatos en la sala y la alcoba.
Tránsito me presentĂł, entre ufana y temerosa, la taza de cafĂ© con leche, primer ensayo de las lecciones que habĂa recibido de MarĂa; pero felicĂsimo ensayo, pues desde que lo probĂ© conocĂ que rivalizaba con aquel que tan primorosamente sabĂa preparar Juan Angel.
Braulio y yo fuimos a llamar a JosĂ© y a la señora Luisa, para que almorzasen con nosotros. El viejo estaba acomodando en jigras las arracachas y verduras que debĂa mandar al mercado el dĂa siguiente, y ella acabando de sacar del horno el pan de yuca que iba a servirnos para el almuerzo. La hornada habĂa sido feliz como lo demostraban no solamente el color dorado de los esponjados panes, sino la fragancia tentadora que despedĂan.
Almorzábamos todos en la cocina: Tránsito desempeñaba lista y risueña su papel de dueña de casa. LucĂa me amenazaba con los ojos cada vez que le mostraba con los mĂos a su padre. Los campesinos, con una delicadeza instintiva, desechaban toda alusiĂłn a mi viaje, como para no amargar esas Ăşltimas horas que pasábamos juntos.
Eran ya las once. JosĂ©, Braulio y yo habĂamos visitado el platanal nuevo, el desmonte que estaban haciendo y el maizal en filote. Reunidos nuevamente en la salita de la casa de Braulio, y sentados en banquitos alrededor de una atarraya, le ponĂamos las Ăşltimas plomadas; y la señora Luisa desgranaba con las muchachas maĂz para pilar. Ellas y ellos sentĂan como yo, que se acercaba el momento temible de nuestra despedida. Todos guardábamos silencio. DebĂa de haber en mi rostro algo que los conmovĂa, pues esquivaban mirarme. Al fin, haciendo una resoluciĂłn, me levantĂ©, despuĂ©s de haber visto mi reloj. TomĂ© mi escopeta y sus arreos, y al colgarlos en uno de los garabatos de la salita, le dije a Braulio:
—Siempre que aciertes un tiro bueno con ella, acuĂ©rdate de mĂ.
El montañés no tuvo voz para darme las gracias.
La señora Luisa, sentada aĂşn, seguĂa desgranando la mazorca que tenĂa en las manos, sin cuidarse de ocultar su lloro. Tránsito y LucĂa, en pie y recostadas a un lado y otro de la puerta, me daban la espalda. Braulio estaba pálido. JosĂ© fingĂa buscar algo en el rincĂłn de las herramientas.
—Bueno, señora Luisa —le dije a la anciana inclinándome para abrazarla— rece usted mucho por mĂ.
Ella se puso a sollozar sin responderme.
En pie sobre el quicio de la puerta, junté en un solo abrazo sobre mi pecho las cabezas de las muchachas, quienes sollozaban mientras mis lágrimas rodaban por sus cabelleras. Cuando separándome de ellas me volvà para buscar a Braulio y José, ninguno de los dos estaba en la salita; me esperaban en el corredor.
—Yo voy mañana —me dijo José tendiéndome la mano.
Bien sabĂamos Ă©l y yo que no irĂa. Luego que me soltĂł de sus brazos Braulio, su tĂo me estrechĂł en los suyos, y enjugándose los ojos con la manga de la camisa, tomĂł el camino de la roza al mismo tiempo que empezaba yo a andar por el opuesto, seguido de Mayo, y haciendo una señal a Braulio para que no me acompañase.
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