MarÃa
MarÃa Divisé en el negro y tortuoso camino de las lomas a Tránsito y a su padre, quienes venÃan en cumplimiento de lo que a MarÃa tenÃan prometido. Crucé el huerto y subà la primera colina para aguardarlos en el puente de la cascada, visible desde el salón de la casa.
Como estábamos al raso, todavÃa no eran cortos los montañeses para conmigo; me dijeron todas aquellas cosas que solÃan en pasándose algunos dÃas sin vernos.
Pregunté por Braulio a Tránsito.
—Se quedó aprovechando el buen sol para la revuelta.2l ¿Y la Virgen de la Silla?
Tránsito acostumbraba preguntarme asà por MarÃa desde que advirtió la notable semejanza entre el rostro de la futura madrina y el de una bella Madona del oratorio de mi madre.
—La viva está buena y esperándote —le respond×; la pintada, llena de flores y alumbrada para que te haga muy feliz.
Asà que nos acercamos a la casa, MarÃa y Emma salieron a recibir a Tránsito, a la cual dijeron, entre otros agasajos, que estaba muy buena moza; y era cierto, pues la felicidad la embellecÃa.