MarÃa
MarÃa Mientras Lorenzo, guiado por los bogas, iba a disponer nuestro almuerzo en la casita, permanecà en la canoa preparándome para tomar un baño, cuya excelencia dejaban prever las aguas cristalinas. Mas no habÃa contado con los mosquitos, a pesar de que sus venenosas picaduras los hacen inolvidables. Me atormentaron a su sabor, haciéndole perder al baño que tomé la mitad de su orientalismo salvaje. El color y otras condiciones de la epidermis de los negros, los defienden sin duda de esos tenaces y hambrientos enemigos, pues seguà observando que apenas se daban por notificados los bogas de su existencia.
Lorenzo me trajo el almuerzo a la canoa, ayudado por Gregorio, quien se las daba de buen cocinero, y me prometió para el dÃa siguiente un tapado.
DebÃamos llegar por la tarde a San Cipriano, y los bogas no se hicieron rogar para continuar el viaje, vigorizados ya por el tinto selecto del Administrador.
El Sol no desmentÃa ser de verano.