MarÃa
MarÃa MarÃa —me decÃa, atento a los quedos susurros, respiros de aquella naturaleza en su sueño— MarÃa se habrá dormido sonriendo al pensar que mañana estaré de nuevo a su lado… ¡Pero después! Ese después era terrible: era mi viaje.
Parecióme oÃr el galope de un caballo que atravesase la llanura; supuse que serÃa un criado que habÃamos enviado a la ciudad hacÃa cuatro dÃas, y al cual esperábamos con impaciencia, porque debÃa traer correspondencia importante. A poco se acercó a la casa.
—¿Camilo? —pregunté.
—SÃ, mi amo —respondió entregándome un paquete de cartas después de alabar a Dios.
El ruido de las espuelas del paje despertó a mi padre.
—¿Qué es esto, hombre? —interrogó al recién llegado.
—Me despacharon a las doce, mi amo, y como el derrame del Cauca llega al Guayabo tuve que demorarme mucho en el paso.
—Bien: di a Feliciana que te haga poner de comer, y cuida mucho ese caballo.
HabÃa revisado mi padre las firmas de algunas cartas de las que contenÃa el paquete; y encontrando por fin la que deseaba, me dijo:
—Empieza por ésta.